30 de March de 2011 00:00

Realidad inconcebible

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Manuel Terán

Ha sido preciso que en los países de África del Norte se produzcan todas estas insurrecciones, para constatar cómo a través de esos regímenes autoritarios tanto sátrapa ha sacado provecho para él y su entorno, en desmedro de las grandes mayorías totalmente empobrecidas y viviendo en condiciones idénticas a las de siglos atrás. Molesta verificar cómo los intereses internacionales, marcados por distintos signos, habían volteado la vista sobre lo que realmente sucedía en esos territorios, tolerando semejantes excesos, mientras el líder era consecuente sólo para sus propios intereses. De un lado, ha bastado que algunos de ellos declarasen su fobia antioccidental para ser aceptado e incluso glorificado por los simpatizantes de izquierdas. Por el otro, no importaba el signo de la ideología dominante en esos países siempre y cuando los capitales alimenten los circuitos financieros de occidente. Todos eran dichosos con el status quo, hasta que la ira desatada ha mostrado al mundo, el ostracismo y el sometimiento al que han sido condenados en vida millones de ciudadanos que, en pleno siglo XXI, viven en condiciones similares o parecidas a las existentes hace centurias.

Molesta, incomoda, fastidia tanta hipocresía. Los izquierdistas de todo el mundo protestando porque supuestamente ésta es una lucha para apoderarse del petróleo existente en la región. No dicen que en suelo libio, habiendo negociado con el régimen de Gadaffi, desde hace tiempo se encuentran presentes gran cantidad de compañías petroleras realizando explotación del crudo. Quizás no pueden explicar el por qué una revolución permite a los hijos del dictador ofrecer fiestas privadas con cantantes de fama internacional, mientras una gran mayoría de ese país ni siquiera pueden encontrar empleo.

Tampoco resulta fácil para gobiernos como el de Francia o Italia explicar su relación con el depuesto régimen de Túnez el primero, o con la Libia de Gadaffi el polémico Berlusconi. Nada dicen los de las izquierdas sobre una dinastía impuesta en Siria por cerca de 40 años y que ha sido implacable con los opositores, cometiendo violaciones contra los derechos humanos. En el análisis tal vez pese a favor de ellos el que, por años, han prestado ayuda a grupos insurgentes en distintas partes del orbe. Nuevamente los intereses están por encima de cualquier principio que, solo en el discurso, afirman defender.

Nada hace suponer que, a futuro, las fuerzas que tomen el poder sean, en el fondo, diferentes a los regímenes que han caído o que están por caer. Parecería que sólo un verdadero esfuerzo del resto de naciones por mostrar los beneficios de los regímenes democráticos y una gestión que permita que esas inmensas mayorías accedan a una educación abierta, liberada de dogmas, permitirá una verdadera transformación. Por hoy, quizás únicamente presenciaremos un reacomodo de fuerzas y de viejos vicios.

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