Fernando Tinajero

La realidad como ficción

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Varias veces me he preguntado por qué los narradores ecuatorianos no han aprovechado intensamente la figura del doctor Velasco Ibarra, que ofrece tantas posibilidades para convertirse en referente para la construcción de inolvidables personajes.

Pedro Jorge Vera lo hizo, aunque con resultados cuestionables, y hay quienes me han dicho que el doctor Juan José Bestiales (que anda por los márgenes de ciertas páginas que he preferido olvidar) fue un intento fallido de caricaturizar al gran político. De momento no recuerdo otros casos, y me parece un lamentable desperdicio.

Quizá Diego Araujo haya pensado algo semejante, porque acaba de poner en circulación una breve novela magníficamente editada por Rayuela: “Los nombres ocultos” es lo que se lee en la parte superior de una portada diseñada por Fred Madison. A lo largo de 130 páginas que tienen la virtud de atrapar al lector, asistimos a las indagaciones realizadas para esclarecer la muerte de Antonio Leiva, el chofer del automóvil que usaba el presidente Velasco Ibarra en su primera administración.

Esa muerte fue un hecho cierto, como se puede leer en la biografía de Velasco que fue escrita por Robert Norris bajo el título de “El gran ausente”.

Por añadidura, Diego Araujo ha buscado y desenterrado el proceso seguido en su momento para explicar la muerte del Sr. Leiva, enviado bajo el mayor sigilo por el propio presidente para traer a Quito a una distinguida matrona de la que se encuentra enamorado, y ha tenido la honradez de consignar al final la lista de todos los libros consultados. Más todavía, los personajes de la realidad aparecen en esas páginas indagatorias entremezclados con los de ficción, uno de los cuales es un inquieto y desdichado periodista que está convencido de que el enigmático hecho no fue accidental, sino el producto de una oscura confabulación que nunca se aclaró.

Sin aspavientos experimentales en la forma, la narración de Araujo se desarrolla con una tersura que revela un verdadero dominio del arte de narrar. No se trata de un acertijo que el autor autosuficiente propone al lector como un desafío: se trata de una invitación a seguirle por los meandros de una intriga en cuyo transcurso no faltan las reflexiones del propio presidente, entresacadas de sus propios libros. Allí aparece el hombre contradictorio que fue Velasco, siempre al borde de la cólera y proclive a dejarse arrastrar por sus reacciones viscerales, pero capaz al mismo tiempo de meditar en profundidad sobre el misterio de la vida humana. Los personajes secundarios se mantienen en un prudente claroscuro, pero entre ellos destaca el Dr. Mosquera Lasso, secretario particular del presidente y depositario de sus papeles confidenciales -entre ellos, las cartas de amor que recibiera. ¿Un Velasco enamorado? Pues sí: en el colmo de sus contradicciones, el hombre capaz de arrastrar a un país entero detrás de su verbo arrollador luce como un adolescente frente a la joven que le ha cautivado y que terminará dejándole.