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El sabio académico de la Real Academia Española ( RAE) don Julio Casares, autor del Diccionario ideológico de la lengua española trae estas acepciones del lema ‘inmortal’: 1. No mortal, o que no puede morir. 2. fig. Que dura tiempo indefinido. 3. fig. y fam. Dícese del individuo perteneciente a la Academia de la Lengua’. El primero de estos significados también debió llevar la marca fig. (figurado), porque la condición de no morir es imaginaria en este mundo de criaturas sentenciadas a la nada. Pero llama más nuestra atención y nos apoca y retrae el que a los académicos de la lengua se nos llame ‘inmortales’, aunque todo tenga su explicación.

La Real Academia Española se funda en 1713, inspirada en el modelo de la Academia Francesa y por iniciativa de don Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena. Corresponde, pues, traducir de modo fiel al espíritu del francés, el porqué del término ‘inmortales’ en el emblema y estatutos de dicha Academia, fundada por el cardenal Richelieu en 1635:
“La calificación de inmortales propia de los elegidos a la Academia Francesa, se presta a una sonrisa escéptica, aunque los académicos miden sabiamente su alcance. Deben este adjetivo a la divisa ‘A la inmortalidad’, que figura en la insignia con la cual su fundador caracteriza a la Academia, y tiene clara relación con su misión: velar por la unidad esencial de la lengua francesa. A ella, [a la lengua] corresponde la inmortalidad”.

La tercera acepción de Casares expresa, con marcas de familiar y figurada que si la definición no corresponde al significado literal del término, se relaciona con él por asociación de ideas y sugiere el compromiso de cada académico con la inmortalidad de su lengua. Pertenecer a las academias exige el enfrentamiento del individuo que tiene clara conciencia de su muerte, con la plenitud imposible de la inmortalidad de la palabra. La hermosa lengua española en que somos, permanece gracias a la impronta de una difícil sabiduría, adquirida tras décadas de estudio y trabajo. Quien no experimenta el esfuerzo que supone escribir imagina que el texto brota por ensalmo, pero nosotros, mortales académicos, experimentamos la responsabilidad de esa eternidad prestada que exige la entrega de la vida –y, a menudo, de la vida de sucesivas generaciones- a la pasión de la lengua.

Abordé este tema en la reciente promoción del excanciller de la república, doctor José Ayala Lasso, a Miembro de Número de nuestra Academia. Otro académico cuya presencia nos honra, que responde a las exigencias que, estatutariamente, garantizan la pluralidad de inteligencias y opiniones como la forma más humana y lúcida de promover el vigor de la lengua y la búsqueda de la justicia y la verdad. Nuestra AEL, estatutariamente ajena a asuntos políticos y religiosos, independiente de gobiernos y de cualquier institución a cuyo dominio seremos siempre ajenos, busca que ‘la constante adaptación de nuestra lengua a las necesidades de sus hablantes no quiebre la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico’.