Carlos Alberto Montaner

Raúl Castro, sesenta años después

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30 de July de 2013 00:01

Intento descifrar las percepciones de Raúl Castro, sesenta años después del ataque al cuartel Moncada. El episodio que colocó a ambos hermanos en el mapa cubano y en las primeras páginas de los diarios. Raúl Castro, entonces con 22 años, era emocional e intelectualmente un apéndice de Fidel. Fidel era la figura dominante.

La codependencia comenzó durante la adolescencia. Sus padres, como vivían al otro extremo del país y él era pésimo estudiante, se lo encargaron a Fidel para que "lo enderezara".

Fidel no lo enderezó. Lo convirtió en su lugarteniente, lo introdujo en su mundillo de violencia pistolera y lo reclutó para conquistar primero Cuba, luego África, más tarde la galaxia.

Raúl, aquel chico afectuoso y tierno que describe su hermana Juanita, quien soñaba con ser locutor radial, bajo la influencia de Fidel se transformó en un matarife y en aprendiz de comunista.

El corazón de Fidel estaba con el Partido Socialista Popular (PSP) -el comunista-- mas su cerebro e inescrupuloso pragmatismo le indicaban permanecer vinculado al Partido Ortodoxo, formación vagamente socialdemócrata, pero mayoritaria y capaz de llegar al poder. La solución al dilema era tener a Raúl dentro del PSP, entretanto él seguía en la "ortodoxia".

Así, mientras Fidel -jefe, maestro, figura paterna- le aportaba fuego, adrenalina y una explicación sencilla de la realidad política, los comunistas le ponían ante sus ojos el futuro luminoso de la humanidad: la URSS. Raúl mordió ambos anzuelos.

Hoy, Raúl es un viejo desilusionado, con 82 años en sus costillas magulladas por el güisqui. En esa larga vida aprendió lecciones decepcionantes. La URSS ya no existe. El marxismo tampoco. Todo era un absurdo disparate.

Ahora entiende que Fidel era un buen operador político y un guerrero sagaz, pero también un desastroso gobernante. Un tipo irresponsable, sumergido en un huracán de palabras vacías, quien calcutizó al país con una interminable sucesión de guerras, conspiraciones y arbitrariedades.

Para Fidel, como buen narcisista, la función de cada ser humano es servirle en su camino a la gloria. Exactamente eso hizo con Raúl: lo metió en el PSP, lo arrastró al Moncada, lo llevó a Sierra Maestra, primero lo hizo comandante, luego ministro, general y, finalmente, presidente. Le fabricó una vida importante, pero ajena y lateral.

Raúl, sin la vara mágica de su hermano, quizás hubiera sido insignificante, pero Fidel lo encumbró porque necesitaba un segundo que le fuera fiel, aunque pensara que su "hermanito" era una figura menor, penosamente limitada. A 60 años del Moncada y 82 de edad, Raúl tiene la mala conciencia del desastre total que contribuyó a provocar en su país.

El daño es muy profundo. Mantiene el poder, pero ha ayudado a convertir a Cuba en una lacerante escombrera. Supongo que morirá inmensamente avergonzado por lo que ha hecho y, sobre todo, por lo que no se atreve a hacer.