Marco Arauz

Viaje al infierno en 60 días

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Primer acto: el 28 de abril, Rafael Correa viajó al Vaticano para ultimar los detalles de la visita del Papa. También fue el único Jefe de Estado que participó en la 'Cumbre sobre la dimensión moral del cambio climático'. El Ministerio del Ambiente destacó entonces la necesidad de discutir estos temas “en el marco de la publicación de la primera encíclica papal sobre ambiente y la Cumbre de París 2015”.

Segundo acto: en el informe a la nación del 24 de Mayo, y después de presidir un desfile con todo el fasto del poder terrenal, Correa anunció algo que ya venía comentando públicamente: enviaría a la Asamblea los proyectos de herencias y de plusvalía, y estaba dispuesto a asumir el costo político.

Había dado el paso para tratar de convertir en leyes aspectos doctrinarios con los cuales ganaría un lugar en el panteón de los prohombres.

Tercer acto: el 5 de junio envió como urgente el proyecto de ley de herencias y seguidamente el de plusvalía. El resto, quizás pensaron quienes estaban en la jugada, era coser y cantar. Había que relacionar el trámite y la aprobación de los proyectos con la Encíclica ‘verde’ -accesible antes de su difusión- y con la presencia de Francisco. El aparato de propaganda y los funcionarios con incidencia en la opinión crearían el ambiente; la imagen del Papa se ligaría a la de ‘Ecuador ama la vida’.

Cuarto y último acto: el Papa se iría y quedarían vigentes dos leyes que intentan mejorar la distribución de la riqueza. Y Correa quedaría en olor de santidad.

Este intento por explicar la realidad es una ficción permisible. Lo que no sería permisible es que se confundiera ficción con realidad y se creyera que los preceptos papales son leyes perentorias y no exhortaciones para sus fieles. Que un mandato es una misión; que un servicio es una predestinación. Que gobernar es imponer. Que el respeto no es el primer mandamiento humano.

Solo así se explicaría algo que parecía inexplicable: que el Gobierno no haya sondeado a la opinión pública antes de tomar una medida, como siempre lo hace, o no haya tenido lista una campaña. Hubo desinformación, se dice. ¿Exceso de confianza o negación? Los ciudadanos vienen dando muestras de cansancio desde hace tiempos.

Correa tuvo que salir el lunes 15 a proponer un diálogo sobre justicia y equidad (la Encíclica menciona estas palabras decenas de veces). Pero él no sabe dialogar, y si antes lo sabía, se le olvidó en estos ocho años. De su parte, los ciudadanos que se sienten afectados por las propuestas están en una etapa reactiva posterior a la pérdida del temor, mientras los políticos juegan su partido.

Si un diálogo se perfila difícil, luce aún más difícil que Correa pueda volver a poner los proyectos en la agenda parlamentaria, en cualquier plazo, sin despertar reacción ciudadana. La vuelta a la realidad duró menos que el efecto de la Encíclica y la visita papales.