Diego Cevallos Rojas

Correa, la decepción

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 86
Triste 12
Indiferente 1
Sorprendido 4
Contento 204

Ejercer el poder marea, ejercerlo por mucho tiempo enferma. Solo un estado alterado puede explicar por qué el gobierno ecuatoriano insiste en farrearse el apoyo que aún le queda.

Justo cuando todo indica que la receta a seguir es tomarse un ‘break’, pensar con calma, colocar paños fríos al ya cansino discurso agresivo y tomar en serio al sentido común -eso sobre todo-, la actitud es hacer todo lo contrario.

Fugarse hacia adelante es como se conoce en el argot del análisis político a esa actitud de avanzar hacia un precipicio, aún sabiendo que el protagonista caerá y quizás no logra sobreponerse.

Qué fuera de lugar se vio al presidente Rafael Correa junto al Papa, igual que la propaganda oficial previa de esa visita. A ojos de cualquier observador quedó en evidencia cómo se pretendió usar políticamente la presencia del Pontífice.

Revisé el discurso de bienvenida del Mandatario a Francisco. Excesivamente largo, con referencias a realidades de hace 50 o 60 años, recurrentes intentos de exponer una imagen salvadora y un afán sin pausa por separar aguas entre ricos y pobres. Todo se veía fuera de lugar, también esa insistencia en moverse tan cerca del Papa y casi repartir junto a él bendiciones.

En las últimas fechas, lo que ya se veía poco lógico, se multiplicó hasta quedar francamente reñido con el sentido común. En las ciencias políticas se ha estudiado y comprobado que el poder público es como una droga que puede llegar a nublar la vista de quien lo ejerce, hasta el extremo de transformarlo en un rey desnudo, como el del cuento.

Vergüenza ajena produjo ver al ministro Serrano hablando de un golpe de Estado en marcha o a la legisladora oficialista referirse a los inconformes como borrachos o drogados. Súmese esa invitación al diálogo nacional con garrote y descalificación de por medio, ese discurso que habla de los cuatro pelagatos que protestan, cuando la evidencia indica que son miles de miles, y ese guión gastado de oligarcas, ricos, imperio, etc.

Como dice un analista chileno, Héctor Soto, “el talento de los gobiernos de izquierda para farrearse el apoyo de la clase media no tiene límites”. En el caso de Correa bastó levantar un poco la alfombra verde flex colocada gracias a los convenientes precios del crudo, para dejar a la vista lo mal que fue administrada la época de vacas gordas.

Al asumir el poder, el gobierno y su líder tuvieron la mesa servida para transformar a Ecuador en un país con instituciones, con una economía sana y con justicia y equidad sustentables. Hubo dinero y un apoyo social inmenso, todo despilfarrado. Ahora, cuando las vacas flacas están a la vista, en lugar de enmendar insisten en el precipicio y además se enojan.

Quedan ya como herencia problemas económicos, división y encono, institucionalidad frágil, actores políticos dispersos y libertades acotadas, entre otros males. Lo que viene se vislumbra complicado. Otra vez a remar río arriba.

Columnista invitado