Gonzalo Ruiz

Rafael Correa y los empresarios

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Lo que debiera ser normal se ve como insólito. La cita de esta semana del Presidente de la República con los empresarios arroja signos de interés.

Y no es que sea la primera vez en ocho años de este tipo de encuentros. Los ha habido varios. Lo que ocurre es que las más de las veces se ha tratado de citas que han terminado en desencuentros.

La visión crítica del Régimen con el empresariado ha marcado distancia en largos períodos. Cierto es que en otros momentos hubo acercamientos. Los viajes a China y a Alemania de los años pasados mostraban la intención de juntar al empresariado a una nueva política. Allá donde las consignas cerradas no lo dejaban imaginar siquiera antes, se iban diluyendo por el baño de pragmatismo que un jaguar con intenciones de conquistar el Viejo Mundo soñaba. O en el Lejano Oriente, donde el nuevo imperio rutilante en empréstitos e inversiones deslumbra. Allá fueron los empresarios dejando atrás historias de tirones de orejas, reprimendas y reconvenciones.

Lo cierto es que la economía de estos años ha marcado para al empresa privada un rumbo distinto. Muchos empresarios se han vuelto prósperos al cobijo de la revolución ciudadana y han ganado buen dinero (basta ver los ‘rankings’ como los que cada año publica la revista Ekos). Pero también es verdad, como lo han certificado informes de la Cámara de Industrias y la Producción, que el peso específico del Estado en la economía supera estos años a la influencia del sector privado. Se entiende. Mucho dinero venía de los altos precios del petróleo y dejaba ganancias a las arcas estatales aún restando sus costos de extracción.
Crecimiento superlativo del Presupuesto del Estado, inversión en obra pública (carreteras, centrales hidroeléctricas en construcción).

No se entiende que durante todo este tiempo no se haya alentado con fuerza y convicción el crecimiento de la inversión extranjera directa privada como ocurre con los países vecinos, Colombia y Perú. Es más, en algún momento se lo desdeñó.

Una inversión privada próspera ayuda a diversificar la producción, crecer los productos exportables y generar fuentes de trabajo. En suma, acrecienta la riqueza y la prosperidad, entonces ese mismo Estado con impuestos bien pagados y bien cobrados, puede emprender en obra pública y programas sociales sin mayor endeudamiento. Todo lo contrario de lo que ha ocurrido con los préstamos chinos a altas tasas de interés y la entrega de la sustanciosa producción petrolera a cambio.

Ahora que el mapa ha cambiado por eso del precio del petróleo, que siempre se advirtió, no lo controlábamos con voluntad y discursos, las puertas de Carondelet se abren de nuevo. Es pura táctica que surge de la urgencia y está bien que sea así.
Los empresarios quieren seguridad jurídica, más inversiones y garantizar destinos a las exportaciones. Conviene al Gobierno, claro; a los empresarios, seguro; pero en especial a toda la gente. Mejora la economía y hay trabajo. Tardaron en darse cuenta.