Susana Cordero de Espinosa

Para que no se pierdan

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Hace trescientos cuatro años, en 1713, se fundó la Real Academia de la Lengua, en Madrid, con el fin primordial de registrar por escrito, para que no se perdieran, las palabras de nuestra lengua castellana, y redactar el primer diccionario, origen y fuente del diccionario ‘oficial’ del cual, en el año 2014, apareció la vigésima tercera edición, llamada ‘del tricentenario’. Como la RAE se fundó para redactarlo, se empezó inmediatamente este trabajo admirable, y entre 1726 y 1739, fueron apareciendo ya editados los seis volúmenes del Diccionario de autoridades, llamado así porque cada artículo incluía frases que contenían la palabra definida, tomadas de obras de escritores conocidos o ‘autoridades’. Su prólogo o proemio incluye estas hermosas palabras sobre el valor de la lengua:

La lengua castellana “es rica de voces, fecunda de expresiones, limpia y tersa en los vocablos, fácil para el uso común, dulce para los afectos, grave para las cosas serias y para las festivas abundantísima de gracias, donaires, equívocos y sales. Es muy copiosa de sentencias, proverbios o refranes en que está cifrada toda la filosofía moral y la enseñanza civil, y tiene muchos dialectos o términos peculiares, cuya viveza no es posible sustituirse en otra lengua”…

Más de dos siglos después, escribe Gabriel García Márquez un prólogo para el Diccionario de uso del español actual editado en Colombia, del que registro lo más sustancial:

Tenía cinco años cuando fue con su abuelo el coronel a un circo... El animal que más llamó su atención era una especie de caballo maltrecho. -‘Es un camello’, le dijo el abuelo, pero alguien le corrigió: –Perdón coronel: Es un dromedario. -¿Cuál es la diferencia? - No la sé, pero este es un dromedario.

El abuelo que ‘no era un hombre culto’, pues dejó la escuela por ir a hacer una de las ‘incontables guerras civiles del Caribe’, estaba ávido de conocimiento. Al volver abatido a la casa, consulta un libro enorme, compara los dibujos, y conocen ambos la diferencia entre un dromedario y un camello. Entonces, dice al niño: -Este libro no solo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca.

No era, sin duda, la edición de la RAE. Porque, que yo sepa, nunca vinieron esas ediciones con ilustraciones en las páginas; en hermoso detalle al que se refiere García Márquez, ‘en el lomo del libro se veía un Atlas colosal, en cuyos hombros se asentaba la bóveda del universo’. El comentario del abuelo es digno de esculpirse en bronce: “esto quiere decir que los diccionarios tienen que sostener el mundo”. Así es: la palabra escrita nos humaniza. Y aunque disienta del optimismo del abuelo respecto del valor del diccionario, pues al preguntarle el nieto cuántas palabras contiene él le responde rotundamente ‘todas’, y si el diccionario, como obra humanísima que es, sí se equivoque, hemos de agradecer a esas antiguas ‘autoridades’ esta obra que construimos todas las Academias, y hoy desemboca en un soporte digital que nos sostiene en el mundo…

scordero@elcomercio.org