Antonio Rodríguez Vicéns

Radiografía de una sabatina

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Salvo por alguna circunstancia ajena a mi voluntad, nunca he contrariado mi costumbre de no ver ni oír las peroratas sabatinas. Es una medida de profilaxis política, ética y cívica. El libreto, nada original, es muy conocido. En un largo y tedioso monólogo, cargado de insultos que en una sociedad respetuosa de la dignidad de las personas dañarían más a quien los profiere que a quienes van dirigidos, nuestro eximio gobernante, con argumentos incisivos y profundos, enuncia las razones que dan solidez y coherencia a sus actuaciones. No hay posibilidad de réplica. Entre los aplausos y las sonrisas de los presentes, oportunamente enfocados por la televisión, va hilvanando sin orden ni concierto, con voz plañidera, su discurso incontrastable.

Ese grotesco espectáculo, aparentemente espontáneo, me parece una reproducción en miniatura de nuestra actual realidad política: en primer lugar está el gobernante maniqueo y cínico, que ha atropellado el orden jurídico y que ha sometido a las instituciones a sus intereses, que ha concentrado en sus manos todo el poder y que ha impulsado un proyecto autoritario y excluyente, pero que continúa hablando de una democracia que no siente, de una honestidad que no se practica y de libertades que busca conculcar distorsionando las leyes, mintiendo y engañando. Escudado por la parafernalia del poder, regodeándose y sonriendo satisfecho y complacido, con sorna, denigra y ofende a quienes no se han adherido a su proyecto.

Atrás del gobernante, moviéndose con agilidad y discreción, como títeres manejados en las sombras, están sus más cercanos colaboradores: empleados de alto rango que forman una burocracia sumisa, incapaces de la más mínima discrepancia y sin opiniones propias, reconocidos por una flexibilidad ética y corporal apta para el acomodo oportuno y la rápida y frecuente genuflexión. Miméticos y camaleónicos, incondicionales y diligentes, serviles, están dispuestos, por el pretendido ‘bien del proyecto revolucionario’, a ejecutar hasta las tareas más abyectas y deleznables, y luego, una vez cumplida su misión, cuando ya no sean útiles (lo saben muy bien), a retornar a su modesto y oscuro anonimato.

En esta farsa preparada con minuciosidad, el público (como es importante crear una imagen de artificial unanimidad, sus integrantes han sido previa y adecuadamente escogidos) representa al pueblo. Está presente para asentir, callar, reír y aplaudir. Embobado por las ofertas, ilusionado por las promesas, exultante por las burlas y agravios y estimulado por la exacerbación reivindicativa de sus frustraciones, no piensa ni reflexiona. Es un simple espectador. Es pasivo y acrítico. No comprende que está siendo utilizado y manipulado para apoyar la consolidación de un proyecto político autoritario, contrario a sus verdaderos intereses, en el que la crítica y la disidencia han sido condenadas, reprimidas y excluidas.

arodriguez@elcomercio.org