Enrique Ayala Mora

Radicalismo ecuatoriano

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Detrás del término “radical”, apasionadamente defendido y combatido desde fines del siglo XIX, estaban posiciones un tanto difíciles de delimitar. Pero al menos dos caracteres lo distinguían. Primero, el radicalismo no se constituyó como un agrupamiento al margen del “Gran Partido Liberal” que se había formado en 1890. Más bien representaba su “ala izquierda”. En segundo lugar, la singularidad del movimiento estaba, no tanto en los planteamientos ideológicos, que eran posiciones extremas del liberalismo, sino más bien en su alternativa estratégica frente a la toma del poder: la lucha armada.

Ya la proclama de 1876, en la que se designó a Nicolás Infante como jefe, se planteaba la opción de los radicales: “Los patriotas liberales han perdido toda esperanza de reconquistar los derechos legítimos de la Patria por medios pacíficos, obligándoles, por lo tanto, a apelar a la violencia y buscar en las armas el sostenimiento de la justa causa que defienden”. De esta manera se inició la “alfarada”, una serie de levantamientos que se prolongaron por dos décadas en que se consagró la figura del ‘Viejo Luchador’.

Luego del fracaso del gobierno de Antonio Borrero, los radicales apoyaron a Veintemilla. Pero pronto empezaron a conspirar contra el dictador, que desterró a Eloy Alfaro y disolvió el grupo de había organizado en Guayaquil. En 1882, los montoneros, con Alfaro a la cabeza, establecieron un gobierno en Manabí y Esmeraldas, que llevó adelante la campaña militar. Cuando el caudillo fue derrotado en la Convención de 1883, se produjo un nuevo alzamiento, sofocado sangrientamente por el gobierno. Las montoneras de los chapulos, lucharon por casi cuatro años y mantuvieron en jaque al más poderoso y moderno ejército que había existido hasta entonces. Su fuerza y continuidad se explican por la extracción popular de sus integrantes y por el decidido apoyo de los campesinos.

Los trabajadores costeños, buena parte de los cuales todavía estaban sujetos al latifundio mediante el “concertaje”, encontraron en la guerrilla una alternativa de sobrevivir, luchando contra el terrorismo y el clericalismo. Decía un periódico: “Atizadores de la discordia, viven los montoneros en perpetua lucha con los guardianes del orden público, sin que el rigor pueda escarmentarlos ni contenerles el perdón”.

Y el obispo Schumacher se lamentaba: “El partido radical, con el apoyo de la masonería extranjera, hace lo posible por llegar al poder. Vencido varias veces vuelve, no obstante, a la lucha, porque la naturaleza lo protege en su fuga: las inmensas selvas vírgenes y el suelo montañoso le dan fácil y seguro albergue en la derrota”.

Ese fue el caldo de cultivo del movimiento político y militar que a fines del siglo XIX derrocó al conservadorismo y proclamó la Revolución Liberal, liderada por Eloy Alfaro.