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10 de julio de 2014 00:00

Cada mañana, los noticieros de la televisión suelen dedicar un amplio segmento a los temas locales, que casi siempre inciden en el ámbito de las competencias de los concejos municipales.

Entre una y otra información acerca de las actividades de estos organismos y de quienes en cada caso los presiden, los reporteros van de barrio en barrio en busca de necesidades insatisfechas o de festividades celebradas, y no faltan entonces las entrevistas a los moradores del lugar que han visitado.

De cada 10 personas, ocho, para no exagerar, no hacen otra cosa que quejarse. Que se ofreció el pavimento y no se lo ha hecho; que la escuelita está cayéndose a pedazos; que el parquecito ha sido invadido por muchachos de mirada torva y costumbres peligrosas; que el alumbrado, que los baches, que el relleno, que el agua…

Quejas, quejas y más quejas. No voy a decir que tomo nota de cada problema que aparece. Mi atención suele concentrarse en las personas: en su aspecto y su lenguaje; en lo que dicen sus rostros, sus manos, su postura; en la mirada y la expresión de sus ojos. Observarlas permite barruntar (con grandes márgenes de error, por supuesto), cuál es el sitio que ocupan en la compleja red de nuestra estructura social.

Hay algo, sin embargo, que las iguala por completo, saltando por encima de las clases, las raíces, los oficios y el probable nivel de la educación que han recibido: ya se trate de los habitantes de los barrios marginales, ya de los moradores de los barrios elegantes; ya se muestren refinados, “leídos y escribidos”, o se encuentren en medio del infierno del analfabetismo, todos terminan por quejarse. Y la queja es siempre la misma: están frente a problemas comunes, que afectan su comodidad y a veces llegan a poner en peligro su seguridad y hasta su vida, y reclaman por la desatención de la que se consideran víctimas.

Raro, e incluso excepcional, es el caso de alguien que agradece a alguna autoridad por la atención recibida. Más raro aún, el caso de los vecinos que se han organizado solos y han resuelto, con esfuerzo solidario, alguno de sus múltiples problemas.

Yo me pregunto, entonces, si no hay en esta conducta un trasfondo de la psicología propia de la religiosidad popular, que constituye algo así como el humus en el que nace y se desarrolla su vida.

Convencidas de que nadie puede salir por sí mismo de su “valle de lágrimas”, las buenas gentes de nuestra sociedad se encuentran siempre a la espera de redentores y mesías: alguien tiene que venir desde las alturas del poder para acabar sus penurias, y si no lo hacen después de haberlo prometido, no logran más que mostrarse como los lobos vestidos de oveja contra los que se encuentran prevenidos.

En estas condiciones, ¿qué hay de raro en que el poder del Estado termine siempre por identificarse con las personas transitorias que lo ejercen? Mucho tiempo es necesario todavía para que llegue a madurar una conciencia verdaderamente ciudadana. Mucho tiempo y mucho esfuerzo, pero no veo que nadie se decida a hacerlo.