Alexandra Kennedy-Troya

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Así inicié la mañana de ayer…intentando fuertemente pensar en qué escribir sin armar deseos para el nuevo año, fatuos y aburridos. Sin embargo, me quedé con uno de aquellos que si que hacen mella, la carta del periodista y académico uruguayo Leonardo Haberkorn que renunció a dar clases en la Universidad ORT de Montevideo.

¿Las razones?; ninguna tiene que ver con la mezquina política interna universitaria, ni con la falta de protección a la investigación, tampoco con el sueldo… Su renuncia está relacionada con la incapacidad de ganarle al whatsapp y al Facebook; de ganar la atención que los estudiantes dan a “estar comunicados” con frases entrecortadas, relaciones oblicuas, selfies graciosillos y otras pavadas.

Esto no sucede en mi propia universidad, la de Cuenca, pero veo, percibo que en pocos años esta sensación de derrota del docente frente a sus estudiantes, ya se habrá instalado. Es ofensivo e hiriente tener frente a uno grupos de 25-50 estudiantes que solo piensan en el gif o la bromita que enviarán entre una hora y otra de clase, en que las únicas lecturas anheladas son aquellas cortas que resumen el mal o buen estado de ánimo de un compañero o un amigo. En que no importa cómo escribes una palabra y peor como construyes una oración, en que solo interesar pasar un examen a costa de la copia o de haberte memorizado alguno que otro concepto.

La curiosidad, la indagación, el deseo de crear o proponer algo nuevo que de sentido a su propia área de estudio, es lejana, una especie de nebulosa que borra y trastoca la idea de descubrimiento que todos hemos tenido y –en mi generación- seguimos teniendo.

Como decía el periodística uruguayo, te atormenta que sueltes las preguntas más sencillas del mundo y que no haya respuesta. Hoy hice una: donde está el monasterio de las conceptas de Cuenca que ocupa una cuadra completa del centro histórico, y algunos estudiantes de arquitectura respondieron que no conocen donde está porque “no son de la ciudad”.

Que nunca hayan leído al Quijote, pero tampoco a César Dávila o a Roberto Bolaño; que no sepan lo que es una ópera o un cachullapi; que jamás hayan viajado a Loja o Zaruma. Tampoco conocen lo que es un retablo o los principios de “su” religión católica.

¿Donde se cortó el interés por los conceptos más profundos; por qué recibimos alumnos inteligentes, cálidos y simpáticos que muchas veces calientan el asiento hasta que se les entregue un cartón de titulación malhabido que quizás les permita “parar” una casa pero no necesariamente construir una sociedad atenta al planeta y unas formas alternativas de habitabilidad en él? Adivine buen lector mis tremendos deseos para esta sociedad fatua, entregada por completo a estar en las redes sociales…