Fabián Corral

El pueblo legislador

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La democracia debería sustentarse en la participación, la racionalidad, la tolerancia y la información. El supuesto es la libertad. Cuando se le pide al pueblo que legisle o tome decisiones sobre hechos fundamentales, es preciso que concurran todas esas condiciones. Eso ocurre si existe, de verdad, república y si el poder asume el reto de hacer del Estado de Derecho una realidad viva.

1.- La participación.- El discurso, la propaganda y el voto obligatorio desnaturalizan con frecuencia el sentido de la participación, y convierten al voto en un rito vacío, en una obligación formal y sin sustancia, en un trámite en que el individuo no busca contribuir a esclarecer el destino de la sociedad, sino obtener un papel, una especie de paz y salvo burocrático. Al contrario, si la convocatoria tiene razones valederas, si responde a las circunstancias históricas, si alude a las convicciones de cada persona, y si existe verdadera ciudadanía, el voto puede ser, de verdad, un gesto político transcendente y podría marcar un tiempo distinto. Si la participación es comprometida y consciente, implicaría que el votante se apropió de su porvenir. Y si eso sucede, se descalificaría el hecho sustancial del caudillismo que, al mismo tiempo, es parte de la patología política que representa: la expropiación de las decisiones de la gente en nombre de un carisma o de una promesa de felicidad imposible de alcanzar.

2.- La racionalidad.-El voto racional y responsable, es el que pesa las opciones; es el que considera las experiencias; es el que somete a examen crítico las promesas de humo y las ofertas de salvación a la vuelta de la esquina; es el que lograr abstraerse de la pasión que envenena la política. Ese sufragio exige madurez, ejercicio de la intuición, y ejercicio de la “inteligencia de la desconfianza”, que es lo opuesto a la fe del carbonero, a la adhesión primaria y elemental a las órdenes de un jefe. La objetividad, la racionalidad, son aún más importantes si se trata de escoger entre conceptos, como en el caso de un plebiscito o de un referéndum, y no de elegir entre candidatos que prometen o de caras que sonríen. Las democracias penetradas por el populismo apuntan a la explotación de los sentimientos, y al uso de los resentimientos, y por eso, eliminan la objetividad mínima que debe animar a cualquier decisión. El voto en la consulta entraña, por eso, un reto enorme, y es la oportunidad para probar que se puede superar el electoralismo elemental que ha suplantado a la democracia y que conspira contra la república.

3.- La tolerancia.- Hablar de tolerancia en los tiempos que corren podría sonar a un pecado de ingenuidad o de despiste. Podría pensarse en las peras del olmo. Pero una mínima reflexión sobre la democracia como sistema construido para escoger mandatarios y elegir opciones de vida, permite concluir que la tolerancia es la sustancia de un régimen que venció al absolutismo y a la dictadura, porque tolerancia significa reconocerle derechos al otro, aceptar la dignidad ajena, aceptar la discrepancia y admitir que “mi verdad” no es única ni es absoluta, que las ideas y los proyectos requieren el aval de la crítica y el espaldarazo del debate. Significa, además, reconocer que los competidores no son enemigos, que son opciones legítimas, que la competencia es virtuosa y que solo cuando ella existe es posible que la libertad sea un testimonio y un estilo. Que la libertad de elegir -ya sea un presidente, un texto legal, o una opción económica- sea un modo de ser tan auténtico y tan poderoso, que elimine el miedo y neutralice al poder.

4.-La información.-No es posible la democracia, no es posible la participación, sin elector informado. Los medios de comunicación independientes y la libertad de prensa, juegan un papel esencial en la formación de la opinión pública y de la opinión del público. La democracia, en verdad, es el único sistema que tiene como sustento las opiniones. El voto es una opinión que entraña un juicio de valor y que induce una toma de posición, allí está su trascendencia. Esto explica la razón por la que los regímenes autoritarios y las dictaduras tienen como meta primera y sustancial controlar las fuentes de información, deslegitimar la discrepancia, descalificar, monopolizar, y suplantar las ideas con el aplauso. En esos regímenes, las proclamas unilaterales y los discursos sin réplica sustituyen a la racionalidad del debate.

5.- El pueblo legislador.- Cuando el poder político decide promover una consulta, y si ella entraña temas constitucionales y asuntos políticos de fondo, la democracia queda sometida a una prueba inusual y exigente. En efecto, si la gente va a decidir sobre asuntos que tendrán repercusión jurídica, y si se tiene claro que el tema trasciende de candidaturas y caudillismos, será indispensable que exista una participación consciente, un alto grado de racionalidad en la decisión, objetividad, tolerancia y valoración apropiada de las cuestiones. El reto consiste en pensar la democracia más allá de la coyuntura, remontar la magia del discurso populista y desechar la propaganda engañosa.

Si a la población se le pide que obre como legislador, si se le plantea la solución de un dilema político y jurídico complejo, y si se le proponen decisiones del calibre que contienen las preguntas fundamentales de la consulta del 4 de febrero, el papel que cumplirá cada ciudadano es trascendental. Está en las manos de cada uno, al rayar la papeleta, hacer del sufragio un acto consciente y responsable, que contribuya a construir la república, afianzar al Estado de derecho y asegurar las libertades. Está la decisión sobre qué país queremos, y a qué futuro apostamos, con libertad o sin ella.

fcorral@elcomercio.org