2 de May de 2010 00:00

El proyecto

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Diego Pérez Ordóñez

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Hoy en día nadie quiere, o se atreve, a bajarse de la camioneta del proyecto. Ni los colaboradores más humillados y ultrajados del régimen, aquellos que han recibido los más ásperos insultos y los peores motes y vejámenes, se apartan del proyecto. Aguantan los agravios y tragan saliva, eso sí, pero ni hablar de dejar de lado el proyecto.

Así las cosas, no cabe sino preguntarse qué es el proyecto y de qué proyecto estamos hablando. O quizá, para efectos de mayor concreción, preguntarse a cuál de los muchos y variopintos proyectos nos estamos refiriendo. ¿Es el proyecto el socialismo del siglo XXI? La última vez que pude mirar los planos, el socialismo del siglo XXI seguía en las fases iniciales de construcción, es decir y en lenguaje intelectual, hasta hoy mismo esta variante de socialismo sigue siendo un ‘constructor’ metateórico y metajurídico. ¿O es el proyecto el humanismo cristiano? Acuérdense ustedes que en el principio de los tiempos, es decir hace poco más de tres años, nos hablaban del humanismo cristiano como sinónimo del camino hacia la salvación y hacia la redención. El proyecto era, entonces, una especie de Teología de Liberación a la andina.

Durante la Asamblea de Montecristi, hace no mucho, el proyecto sufrió una nueva mutación y se convirtió en el buen vivir. Aunque nadie- o quizá apenas un puñado de gente- había oído hablar del buen vivir, la Constitución entera terminó girando alrededor de este eje. Aunque ya nadie habla del buen vivir – el tema pasó de moda- este desconocido concepto terminó empapándolo todo: la economía debe ser orientada hacia el buen vivir, la familia debe seguir las reglas del buen vivir y el buen vivir es el núcleo duro de la patria. Mientras tanto, la avalancha publicitaria nos quiere encastrar otro concepto del proyecto: la revolución ciudadana. ¿Es la revolución ciudadana el proyecto, quizá? Creo que este punto merece una divagación: difícilmente puede haber una revolución ciudadana enancada en un Estado todopoderoso, diseñado justamente para controlar a los ciudadanos. Difícilmente puede concretarse una revolución ciudadana ahí donde no hay ciudadanos sino súbditos. ¿O es el proyecto la instauración de una franquicia local de la inexacta revolución bolivariana al estilo venezolano, incluyendo pero sin limitarse a la concentración del poder, al control de cualquier disidencia, al culto a la personalidad, al unilateralismo y a todas esas cosas?

Finalmente, creo que en este estado de cosas no queda más opción que recurrir a uno de los grandes filósofos de nuestros tiempos: a Condorito. El pensador de Pelotillehue habría dicho: “Exijo una explicación. Plop.”

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