Fabián Corral

Proximidades y distancias

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En el páramo andino, en la choza de adobe y techo de paja, chagras y mayorales se instalan a dormir entre ponchos y pellones. Hablan del país visto desde la humildad, de las tradiciones, de la vida cotidiana, de aguaceros y sequías, de caballos, de reses y sementeras. Hablan de la patria que derogamos, que nos negamos a ver. Mientras tanto, gracias a la electricidad, en el fondo del rancho un televisor, turbio de vejez y polvo, rezonga el noticiero y la entrevista, la propaganda y el reality show.

Proximidades y distancias, entre la tertulia de acá y la televisión de allá, me digo. Y me pregunto si es el mismo país. Si esa sociedad urbana y politizada, lejana ahora, es lo misma que esta, rural, parsimoniosa, que ha logrado preservar el equilibrio, que se ocupa de vivir sin ruido, que desconfía de la palabrería y escucha el discurso sin más interés que adivinar si por allí vendrá alguna vez la salud o la escuela. Me pregunto si será la misma gente, esa que vive odiando al adversario, dependiente del poder y ambiciosa de poder, y esta que, pese a todo, aún tiene algún sentido de vecindario y humanidad. Si tertulias como esta, serán enterradas definitivamente por el noticiero, y si la charla será solo recuerdo cuando se anule la intimidad, y la política sea el signo de identidad.

Proximidades y distancias que se van evaporando a medida que caminamos hacia un mundo uniforme, donde todo parece normal y todo vale.

Allá, en la sociedad de la que llega la noticia y donde el protagonista es el poder, lo demás está ausente. No hay más país que el que se mide por los sondeos. No hay paisaje ni pueblo, no hay aire limpio ni luna. Hay intereses y cálculos. Acá, entre nieblas y soles, sobrevive la otra comunidad, pero van llegando también a ella las ambiciones y empieza a romperse la solidaridad, desde que hay banderas de partidos y proclamas de movimientos en los techos de las casas y en las cumbres de los cerros, desde que hay desconfianza inoculada para que unos ganen y otro pierdan.

Me pregunto si la sociedad de allá, donde prospera la ambición y el escándalo, tiene derecho a anular a esta otra, todavía depositaria de valores distintos. Si el electoralismo es un proceso de demolición de los matices humanos y las diferencias legítimas. Si la democracia es la construcción de zanjas entre hermanos. Pregunto: ¿Se puede ver al país de otro modo? ¿Se debe salir del conflicto, y reconocer que hay otro país que también tiene derechos?

Proximidades y distancias que será imposible superar si seguimos encerrados en el laberinto, si no somos capaces de atisbar por la ventana, de entender que hay más cosas que las de la noticia electoral, que la vida es más rica y compleja, más bella y diferente, que el círculo vicioso que fatiga y abruma.