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No la conocí pero me contaron que era una niña vivaz de ojos enormes, brillantes y de un negro intenso. Trabajaba -a pesar de su edad- como ayudante en un puesto de verduras en Pedernales, Manabí.Derrochaba simpatía e inteligencia y era atrevida incluso para bromear con los serranos que veraneaban en las playas de la zona y se acercaban al local para comprar alimentos. Le decían la endemoniada, y aunque a ella internamente parecía divertirle el sobrenombre, siempre devolvía la broma con alguna ocurrencia rematada por su encantadora sonrisa. Debía tener, a lo mucho, 11 años. 

El verano siguiente los visitantes regresaron al puesto de verduras y preguntaron por ella. La respuesta les congeló el alma: la niña había desaparecido meses atrás sin dejar rastro, al parecer se la habían llevado porque era “muy bonita”. La familia estaba destrozada, según comentó la verdulera con los ojos aguados.

La sobrecogedora historia de la niña me recordó un reportaje que leí hace algunos meses, escrito por Juan Diego Quesada y publicado en el diario El País, titulado ‘El pueblo de los niños proxenetas’, y que relataba la espeluznante situación de Tenancingo, un pequeño Municipio mexicano en el cual cuatro de cada cinco adolescentes anhelan dedicarse al negocio de moda: la trata de personas.

En esta crónica llena de dolor y miseria se recogen los testimonios de los capos de grandes mafias que han amasado verdaderas fortunas prostituyendo a las niñas del pueblo (incluidas sus propias hijas o hermanas) y de otras regiones del país, llevándoselas con falsas promesas hacia los Estados Unidos o hacia las ciudades más importantes de México, para ejercer la prostitución bajo su dominio.

Un altísimo porcentaje de las desapariciones de niñas y adolescentes en el mundo entero está vinculado con el aberrante negocio de los proxenetas. Suecia fue el primer país que atacó el problema de la prostitución por el lado de la demanda (sancionando penal y pecuniariamente a los clientes), y no a las prostitutas (a las que se considera –porque en verdad lo son- las víctimas de esta cadena de delitos).

En el Ecuador, el Ministerio del Interior ha puesto en marcha un protocolo de ejecución y seguimiento del “Plan Nacional para combatir la trata de personas, el tráfico ilegal de migrantes, explotación sexual laboral y otros modos de explotación y prostitución de mujeres, niños, niñas y adolescentes, pornografía infantil y corrupción de menores”. La experiencia sueca (con resultados excelentes desde el inicio) bien podría ser la vía ideal para la solución de este grave problema.

Quizás el debate central en el Ecuador también debería concentrarse en el tratamiento de la prostitución como un delito cometido por el contratante del servicio dentro de los casos de violencia de género.

Es probable que aquella sea la única forma de impedir que la tragedia de la pequeña niña se repita a diario, y de que la próxima víctima de estos delincuentes sea alguien que usted conozca.

ovela@elcomercio.org