Monseñor Julio Parrilla

A propósito...

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4 de May de 2014 00:01

A propósito de las canonizaciones de Juan XXIII y de Juan Pablo II quisiera decir una palabra crítica, especialmente dirigida a nosotros, los católicos, siempre tentados de mirar hacia atrás y de añorar tiempos supuestamente mejores. Los nuevos santos con su enorme fuerza de fe y de convocatoria, tienen que ubicarnos en el presente y ante un futuro que nunca será fácil para una Iglesia más radical y peregrina.

También entre nosotros coexisten tres culturas diferentes: la tradicional, la moderna y la posmoderna. Siento que la Iglesia se encuentra firmemente asentada en la primera, que no siempre dialoga con la segunda y que no llega a comprender a la tercera. Quizá por ello Pablo VI (que fue un Papa profeta y dolorido) dijo que "la ruptura entre evangelio y cultura era, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo.

Hoy asistimos a un "cambio climático religioso" que deja pálido al que se produce en el medioambiente, por su ritmo acelerado y por su profundidad. El catolicismo popular, con su enorme riqueza (piensen en el Cisne, el Quinche, el Cristo del Consuelo, el Señor del Buen Suceso,...) no pueden ocultar, sobre todo en lo que afecta al mundo de los jóvenes, los cambios que se están produciendo y que suponen para la Iglesia un inmenso desafío. La fuerza de la globalización, el éxito de la cultura del bienestar y el desencanto político han ido privatizando no sólo la vida social, sino también la propia vida religiosa. Hoy no son pocos los creyentes que se acontentan con una espiritualidad de consumo, a la carta, más pendientes de las emociones que de los valores del Reino. Ignoran que la radicalidad del evangelio pasa, necesariamente, por la fraternidad y por la cercanía a los jóvenes y a los desheradados de la tierra.

Los jóvenes se abren a un mundo distinto marcado por el cambio, la relatividad, el consumo, el individualismo moral,... ¿Qué hacer? Aunque no sea fácil, hay que tender puentes entre el mundo juvenil y la experiencia originaria del evangelio, algo imprescindible para que los jóvenes se sientan en casa y no como visitantes de un venerable museo.

Llama la atención la capacidad de los santos Juan XXIII y Juan Pablo II para adaptarse e, incluso, adelantarse a su tiempo. Al final, permanece constante el principio: renovarse o morir. El mayor peligro es el de no arriesgarnos a cambiar para acompasar el paso de la Iglesia al de la sociedad de la que forma parte. No para aceptar acríticamente sus valores sino para dialogar con ellos a partir del tesoro escondido que hemos descubierto. Mientras no recuperemos la capacidad de sintonizar y dialogar con las nuevas corrientes culturales, quedaremos anclados en el pasado, pendientes de conservar a más que de innovar. Ojalá que los santos Juan XXIII y Juan Pablo II susciten en nosotros un mayor ardor y profetismo. Así parecen entenderlo los miles de jóvenes que se acercan a Roma buscando a quien tiene autoridad moral y recordando a los apáticos que hay que seguir luchando.