Andrés Vallejo

Con su propia moneda

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Lo que hacen los gobernantes se convierte en precedente. Lo bueno y lo malo. Por eso la necesidad de que, actuando como estadistas, piensen en las consecuencias de sus actos, de sus propuestas, de sus reformas legales, mirando al futuro y no a la conveniencia circunstancial. Que eviten los exabruptos, las agresiones, que generan violencia.

El andamiaje jurídico armado en la Constitución en Montecristi consagra un régimen concentrador de poder. La creación de dos poderes adicionales a los tradicionales –legislativo, ejecutivo y judicial- dando a la función electoral esa calidad, y ese parto de los montes que es el Consejo de Participación Ciudadana, solo ha servido para anular la independencia de las Funciones del Estado, integrando todos los organismos de control con personas que responden a la voluntad del Presidente de la República y al interés del partido gobernante.

Un Consejo Electoral con todos sus integrantes de una misma tienda política, imposibilita la independencia, objetividad y credibilidad que requiere.

De titulares de la Contraloría, Procuraduría y Superintendencias elegidos por el Congreso de ternas que enviaba el Presidente de la República, se pasó a designar a cualquier persona que tuviera como requisito ser incondicional al Gobierno, reúna o no las condiciones necesarias. Caso clamoroso es el de los miembros de la Corte Constitucional, que en este último episodio de la Consulta Popular han demostrado que su origen les importa más que ser verdaderos juristas, con sus devaneos, incondicionalidades y estratagemas conducentes a impedirla o boicotearla.

Lo que está sucediendo es la consecuencia de este andamiaje concentrador e inconveniente. ¿Si el anterior Presidente convocó a una Consulta directamente porque la Corte Constitucional no emitió su pronunciamiento dentro de los 20 días que fija su propia Ley, por qué no puede hacerlo el actual? Y sus integrantes están en capilla, pues podría sucederles lo que a los diputados destituidos y sustituidos tan vergonzosamente por los de “los manteles”, origen del maremágnum y la arbitrariedad.

Los abusos cometidos sientan precedentes. ¿Puede alguien reclamar éticamente después de haber procedido de manera tal? ¿Pueden quejarse, como lo están haciendo, lacrimosamente, quienes hicieron gala de arbitrariedad en el pasado inmediato?

Cuando se dictan normas hay que pensar en que de ellas puede abusar en el futuro alguien que piense distinto, y resolver en sentido contrario de la buena fe que puede inspirar determinados actos.

Los estadistas tienen conciencia de que son pasajeros y deben trascender. Los que se creen eternos e invencibles imponen acciones que atropellan y deslumbran, demagógicamente, sentando malos precedentes.

Que nadie es eterno estarán comprobando iluminados, soberbios e incondicionales, y, también, que mal paga el diablo a sus devotos, utilizando su propia moneda.