Gonzalo Maldonado

Pro Universus

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24 de July de 2011 00:04

Quiero presentar un argumento a favor de que el presidente Correa acepte la tregua ofrecida por diario El Universo y desista de cobrar la indemnización confiscatoria que un juez impuso a ese periódico. No sustentaré mi argumento a partir de principios esenciales como la libertad y la justicia. Tampoco invocaré actitudes cardinales de cualquier hombre de bien, como la decencia y la vergüenza.

Para aumentar las posibilidades de ser escuchado intentaré, más bien, presentar razones políticas –eminentemente prácticas– por las que el Primer Mandatario debiera aceptar la mano que El Universo le extendió a través de una carta sensata y reflexiva.

Las razones que presentaré no son mías. Son de Marco Tulio Cicerón, filósofo, jurista y, sobre todo, brillante político romano que, a mediados de los años 40 a. C., abogó a favor de tres enemigos que Julio César había condenado.

Julio César destruyó la República y asumió todos los poderes del Estado. Era, pues, el máximo pontífice de Roma y, como tal, tenía la última palabra en todos los aspectos de la vida pública. El más importante de ellos era qué hacer con sus adversarios.

Cicerón, que lo había visto todo y era un escéptico de la estatura moral de los dictadores, articuló en tres discursos –pro Marcello, pro Ligario y pro Rege Deiotaro– un alegato a favor de la conciliación a partir de argumentos que tuvieran resonancia en la sensibilidad del tirano:

Los poderes absolutos también vienen acompañados de obligaciones, decía Cicerón a Julio César. La principal obligación del dictador es cumplir las promesas que él hizo antes de erigirse como tal. Cualquier decisión que no asegure la estabilidad, el orden y la seguridad del pueblo será traicionar esas promesas.

Julio César, como sumo pontífice que es, está en capacidad de juzgar a sus enemigos, aseguraba Cicerón. Pero juzgar significa razonar, no dejarse llevar por los odios y los malos humores. Juzgar también significa perdonar y reconciliarse.

Esa capacidad de perdón –Cicerón la bautizó como ‘clemencia’– no es un favor que el gobernante hace a un enemigo. Es un gesto necesario para que el pueblo vea que su gobernante es prudente y no se ensaña con los vencidos.

El dictador no puede escoger a quién perdonar y a quién no; todos deben beneficiarse de su clemencia, decía Cicerón. De lo contrario nadie le creerá cuando siga proclamando su condición de hombre ético y moral.

¿Qué sucedería si el señor Presidente mostrara la clemencia de Cicerón? El país ganaría en orden y estabilidad. Daríamos un paso para que se inaugure una nueva etapa, menos crispada y más reflexiva, entre el Ejecutivo y la sociedad ecuatoriana. El señor Presidente mostraría su talla de estadista.