Jorge León

Privilegios del poder y su crisis

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Los electos y altos funcionarios no se sienten tales sin disponer de un vehículo de función, pero lo máximo es sentarse atrás y tener un chofer.

Desde el pasado los que tienen poder político se arrogan privilegios (materiales o de prestigio) para darse un estatus social de distinción de élites y sobresalir del común. La invención de la igualdad social les limitó, pero se redefinen o camuflan o se legalizan como parte del trabajo.

Disponen de gente que les rodean y protegen. Antes tenían varias mujeres “oficialmente”, ventajas para sus familiares, acceso a riqueza y el privilegio de ser obedecidos. 
Se crea así una oligarquía, el poder de pocos o las ventajas del poder para pocos. Esta es frenada por la lucha social por la igualdad que busca eliminar los privilegios.

Una disputa sin fin. 
En Europa, crece el rechazo e indignación a este funcionamiento de los políticos. Los electos viajan y tienen viáticos de primera, descuentos de impuestos, etc. 
Y la corrupción es la nueva forma de alimentar las ventajas materiales a través de resquicios inimaginables.

Hasta se le ha banalizado con actos que serían parte de la función: altos funcionarios reciben un sobre con dinero cada mes, misteriosamente. 
En todas partes, crecen las ventajas de la élite del poder, en principio para frenar la corrupción o sometimiento a los poderosos, de ahí un buen salario, o para evitar que los más capaces se vayan al sector privado o por cuestiones de seguridad.

Pero lo sensato es fácilmente rebasado. Cuando los igualitaristas bajan la guardia los privilegios se multiplican.
 En Ecuador, Correa ganó a los jóvenes nombrándoles a puestos clave, con altos salarios, y se les pagaba el almuerzo, en restaurantes, un privilegio banalizado.

Las críticas ya redujeron la imponente caravana de motos e inmensos 4x4 que le acompañaban. Pero no redujo su gusto oligárquico, quiso que las camisas bordadas que usábamos en los 80, sean de su exclusividad; al igual que la canción Patria hecha obligatoria para sus entradas públicas; y, el silencio se hizo sobre el privilegio de un avión presidencial de largo alcance o de los viajes con séquito de jeque árabe.

Cuánto Ministro hace viajar a su chofer a que le espere al pie del avión en otra ciudad, el pobre sin chofer es huérfano. Muchos privilegios se hicieron normales, pues los promotores y beneficiarios eran defensores de la igualdad y opuestos a los privilegios.

De hecho, así, se construyó una República de los privilegios para la nueva élite, una no-República. Se desvanece el sentido de lo ciudadano. 
Pero el freno a viejas o nuevas oligarquías, de izquierda o derecha, viene de la presión pública, una responsabilidad ciudadana constante, entre otros para desprestigiar los privilegios, como hacen los contestatarios europeos. El poder carcome conciencias y tuerce principios; el contrapeso social es por ello aún más indispensable.