Benjamín Fernández

Presidentes sin cura en casa

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4 de April de 2012 00:01

Un importante número de presidentes han decidido ser tratado de varias dolencias en países distintos al suyo. La afirmación clara es que los hospitales en los países donde ejercen el mandato presidencial no son buenos ni confiables. Un jefe de ejecutivo puede hacer mucho simplemente firmando un decreto que modernice los centros asistenciales y los ponga a la altura del tratamiento que él si puede recibir o pagar en el exterior. Lugo ha sido atendido en Brasil, Correa y Chávez viajan a Cuba que vuelve a contratar médicos españoles que los tratan de dolencias tan variadas desde el cáncer a los problemas de rodilla pasando por dificultades del “talón de a Aquiles”. Todo sirve para enviar el peor mensaje a un pueblo que vive mendigando salud en hospitales públicos abarrotados de pacientes, carentes de medicamentos y una ausencia de mística por parte de médicos o enfermeras que observan cómo el jefe de Estado de su país no confía en ellos eligiendo ser tratado en el exterior.

La medicina latinoamericana ha perdido mucha calidad en los últimos años al punto que ni sus presidentes confían en ella. Prefieren aprovechar las contingencias del poder y ser tratados por especialistas foráneos a un costo absolutamente prohibitivo para el común de sus habitantes. Los hospitales de la seguridad social en la mayoría de los casos, demuestran un deterioro absoluto que no existe una explicación racional porque muchos aún siguen pagando por un servicio que jamás recibirán y que finalmente solo sirve para demostrar el carácter humillante que por supuesto no pasan los jefes de estado y los capitostes de nuestros gobiernos. Requerimos que los presidentes vivan como la gente para entender su realidad y consecuentemente buscar soluciones a cuestiones que parecen simplemente reclamar voluntad y compromiso con el mandato recibido en las urnas.

Es preciso además que el pueblo reivindique su condición de mandante y no sea un actor pasivo que debe soportar la humillación de un servicio sanatorio malo mientras observa como su presidente se toma un avión privado para marcharse a algún sitio donde sí pueda ser tratado como la gente espera que lo traten alguna vez. Esta abierta contradicción entre la forma que vive el mandatario y su mandante nos demuestra que estamos aún lejos de ver una democracia perfeccionada en el sujeto de su acción final: el individuo. Este continúa siendo vejado por quienes hoy se llenan la boca y predican sus virtudes mientras deben soportar humillaciones en el diario trato con lo público, con lo general.

Mientras no seamos capaces de gritar estas incoherencias y admitimos que esos privilegios son “normales a su cargo”, estaremos muy distantes de hacer de la democracia un sistema de igualdad entre mandantes y mandatarios.