Óscar Vela

Los presidenciables

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Según va creciendo la lista de presidenciables, la decepción y el asombro ganan espacio. La decepción se refleja en el avasallante nivel de mediocridad de los políticos o aspirantes a políticos que nos quieren gobernar, y el asombro en la desoladora evidencia de que seguimos por la senda del populismo más folclórico de Iberoamérica.

No hay día en el que no recibamos con vergüenza el anuncio de la candidatura de algún hijo de papá, o del sobrino de su tío favorito, del ahijado de un misterioso padrino, o del bachiller más aventajado, del segundo, tercero, o décimo octavo de abordo, o del amigo íntimo de su íntimo amigo. Ni hay tampoco un solo día en el que no descubramos con espanto que aquel funcionario de enormes limitaciones cognitivas y morales también se ha postulado a sí mismo como presidenciable, y para demostrar la gran acogida de la que goza, en el acto de lanzamiento se presentan todos los cómplices, secuaces y acólitos de su público pasado. Lo cierto es que, mientras más larga es la lista, mayor es la vulgaridad de los candidatos que allí aparecen.

La prueba más clara del populismo y de la ausencia de una verdadera madurez política es, entre otras, esta proliferación de aspirantes al cargo más importante del Estado. Y, sí, por supuesto que existen excepciones (aunque muy pocas) a la mediocridad que campea entre los presidenciables, pero la lista crece de forma tan vertiginosa que aquellos que eventualmente pudieran sobresalir por su estatura moral e intelectual, corren el riesgo de verse arrastrados por la avalancha de improvisación y superchería que caracteriza a los procesos electorales en esta nueva era popularista.

En el fondo casi todos los presidenciables están vacíos. Su huella común es la simpleza y sus mayores virtudes suelen estar en una dimensión que oscila entre el canto popular, el baile reguetonero o el histrionismo barato, o a veces también en todas juntas. En algunos casos suelen hacer gala de un verbo fácil y de una enorme capacidad para el insulto y la descalificación, pero la gran mayoría no pueden articular más de dos palabras de forma correcta y me temo que no pasarían una examen de ortografía para niños de primaria. Su programa de gobierno, cuando lo exhiben o lo tienen, resulta ser un decálogo de generalidades copiadas del Internet o un mamotreto reciclado de alguna campaña del pasado.

En la nómina que hasta hoy conocemos, más cercana a una comparsa de pueblo que a una contienda electoral, predominan los aspirantes a caudillos, los narcisos con su espejo y los oportunistas que no aflojan la calculadora; y, por supuesto, escasean los verdaderos demócratas.
Los presidenciables idóneos, aquellos que están capacitados realmente para ejercer el cargo, serán los responsables de llevar esta contienda más cerca del debate y los programas serios de gobierno, y más lejos de las tarimas y la fanfarria populachera; más cerca del respeto y la austeridad, y más lejos del circo y el despilfarro.

ovela@elcomercio.org