Manuel Terán

Presencia inquietante

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La visita de Felipe González a Venezuela ha inquietado a una izquierda retrógrada que no entiende la política sino desde su particular visión unidimensional. González ha viajado con la intención de visitar a los dos líderes opositores del Gobierno, Leopoldo López y Antonio Ledesma, quienes guardan prisión por supuestos delitos que les imputan las autoridades de ese país, pero cuyos procesos, a decir de los allegados a los detenidos, han estado plagados de ilegalidades que los ubicaría más en la calidad de presos políticos que sufren la represión del desgastado Régimen.

El ex-Presidente del Gobierno español también ha utilizado su tiempo para llevar a Teodoro Petkoff el premio Ortega y Gasset, que le fuera concedido por su trayectoria profesional y que no lo pudo recibir por estar impedido de salir del país por una orden judicial impartida en un juicio que por supuesta difamación le sigue el número dos (¿o número uno?) del chavismo, el presidente de la Asamblea Diosdado Cabello, por haber reproducido noticias publicadas en la prensa internacional, nada favorables a su persona. Petkoff, exmilitante izquierdista ha sido un crítico permanente del Régimen en especial por la agresión permanente a la libertad de expresión.

Todos los canales estalinistas han servido para criticar la visita del político español. En la medida que su estadía no es para apoyar a un Régimen endémico que ha destrozado el país llanero, las opiniones se dirigen a satanizar su presencia. Pero en cambio, cuando era presidente y sus pronunciamientos eran a favor de regímenes de su misma tendencia política que, a su tiempo, gobernaban en varios países de la región, o sus pronunciamientos se realizaban para invocar mayor libertad y diálogo en aquellos países que en esas épocas eran administrados por dictaduras de otro signo, su palabra era bienvenida.

Es esa incorregible doble moral de la izquierda que se acomoda y se reinventa de acuerdo a las circunstancias. Hablan de libertades cuando supuestamente se les niega el derecho a la palabra, pese que, por el contrario, siempre han estado presentes en todo foro en que se genere opinión. El ejemplo más relevante es todo su discurso que desde el supuesto ropaje académico han hecho por décadas en América Latina que ha sido recogido y extendido por cualquier canal de opinión o medio existente en nuestros países.

¿No era acaso Petkoff una muestra acabada de aquello? Pero, una vez que han tomado el poder la primera tarea que les ha ocupa es intentar acallar a los que piensan diferente, perseguir a sus críticos, insultar -a través de los medios en sus manos- a los que disienten de sus absurdas teorías. La explicación es una sola. Nunca les convenció la vivencia democrática a la cual la ven como una herencia de lo que denominan burguesía. Por ello, cuando políticos de otros países en donde el quehacer democrático ha evolucionado a niveles superlativos, en forma valiente pronuncian sus temores por lo que a toda vista es una agresión a derechos elementales, reciben hostilidad, insultos, vejaciones, sin duda, se visten de verdaderos demócratas.

mteran@elcomercio.com