5 de March de 2011 00:00

¡Qué preocupación!

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Un titular de EL COMERCIO del 1 de marzo del 2011 me llamó la atención: ‘Los de 7mo juraron por última vez’, haciendo referencia al tradicional rito patriótico de juramento a la bandera que cada año realizan los estudiantes del régimen Sierra.

Debo reconocer mi entusiasmo frente a semejante anuncio: “por última vez”. Al fin –me dije- las autoridades educativas dieron un viraje a la celebración de la jura de la bandera. Se dieron cuenta de que la fecha histórica del 27 de febrero de 1829 por su reminiscencia triunfalista y guerrerista (“la derrota de los invasores peruanos a manos del heroico Ejército ecuatoriano reducido en número”) induce a que nuestras niñas, niños y jóvenes, suscriban un pacto peligroso y falso con el país, a través de una visión corta y manipulada de la historia y de los antivalores que deja la guerra.

Pero no, el gran cambio era que por “última vez” juraban los del séptimo y que el próximo año jurarían los de décimo. ¡Qué decepción! El viejo rito inventado en algún momento para modelar nuestra identidad nacional frente al Perú en el marco de la disputa territorial está y estará intacto por muchos años.

En efecto, en miles de escuelas del país las bandas de guerra, la música marcial, los discursos patrioteros dieron y darán el marco para que las nuevas generaciones se comprometan consigo mismas y con el Ecuador.

¡Qué decepción! Pero también ¡Qué preocupación! El “juramento” tal cual está planteado es una evidencia del divorcio entre las proclamas y la realidad, entre los despachos ministeriales y las aulas. En efecto, los paradigmas del famoso y casi etéreo “Buen Vivir”, de la educación liberadora que fomenta una cultura de paz y que con tanta fuerza están en la Constitución, en la nueva ley de educación, en el Plan de Desarrollo están y estarán allí, en los documentos. ¿Por cuánto tiempo?

En estos días que nos asustamos del aumento de la violencia en las calles, en las aulas y en los hogares, y que con tanta alharaca se piensa y repiensa en reformas a las leyes penales, a los cambios en la función judicial y en la reforma policíaca, también se deberían prestar atención al fomento de valores a través de la educación.

Hay que cambiar los símbolos y ritos del aprendizaje en las escuelas y en el espacio público. Pasar de la guerra a la paz, del enfrentamiento al diálogo, de la prepotencia a la tolerancia; del chauvinismo a una visión andina y latinoamericanista.

Por fortuna, en algunos establecimientos que toman la enseñanza de la historia y de los valores con seriedad, aprovechan esta fecha para mirar críticamente el pasado.

No se trata de enseñar una historia aséptica ni de no mirar el conflicto.

Se trata de ir más allá de los hechos y de héroes, de buscar las causas y de rescatar la acción y los múltiples valores de los pueblos.

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