Monseñor Julio Parrilla

Junto al Pozo de Sicar

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13 de julio de 2014 00:00

Algunos amigos me han pedido que explique el porqué y el cómo del Pozo de Sicar, una aventura que me ha acompañado a lo largo de los años. La aventura comenzó de la mano de Maggi de Najas, bajo el impulso de José Fernando. Casi sin quererlo el Pozo fue cobrando fuerza y audiencia.

Eran muchos los que saciaban su sed junto a un brocal de palabras que intentaban ser amables y provocadoras al mismo tiempo. Palabras que hablaban de las cosas y los temas del diario y que, al mismo tiempo, abrían ventanas a la esperanza.

Había que ampliar la presencia, convencido de la necesidad de estar en los medios, en el medio de la historia, donde el presente se cuece y se tantea el futuro. Llamé a las puertas de EL COMERCIO. La puerta la abrió Andrés Hidalgo y Guadalupe Mantilla me dio su santa bendición... Desde entonces, sigo hablando y escribiendo, interactuando con gente amable que me anima y, también, con algún que otro indignado (más cabreado que indignado) que me pone a escurrir... En estos tiempos de revoluciones pendientes, y mientras la autoridad lo permita, radios y periódicos han sido para mí espacios de libertad. He intentado ejercerla como un ciudadano responsable y como un cristiano convencido de que la humanidad (la mía y la de todos) crece bajo el impulso ético de la libertad y bajo el aliento, profundamente evangélico, de la compasión.

Con esas dos patas he intentado hacer el camino, contemplar la realidad y hacer mi aporte crítico. Crítico con la res publica (eso es lo importante, más allá del Gobierno de turno); crítico con el modelo de sociedad que construimos o destruimos, inmersos en una cultura dominante más pendiente de la satisfacción de los deseos que de promover personas responsables; crítico con el corazón humano, tan voluble y fragmentado, siempre tentado por la codicia del desamor,... Quizá por eso, tan lejos de Dios.

A la hora de pensar qué decir y cómo hacerlo, libertad y compasión me llevaron a Sicar, junto al Pozo de Jacob. Allí encontré a la Samaritana, curiosa y sorprendida, sedienta de agua y de amores, con alguna que otra miseria en el corazón... Y allí le encontré a él, sencillo y provocador. Y comprendí que el Pozo era él, el único capaz de saciar la sed. Y así escribo, y hablo, y predico, con la Palabra en una mano y el periódico en la otra, inmerso donde la gente sufre y se refresca, donde se queja y sueña caminos, donde siempre es posible encontrarse con él...

Cuando se cansen y sean tentados de pensar que el mundo es una porquería, vuelvan a la alegría del evangelio. La encontrarán en el brocal de un viejo pozo, allí donde el judío errante (¡qué ironía!) te pide de beber, donde, con elegancia y de forma incisiva, cuestiona tu infeliz acomodación.

No renuncien a pensar, a sentir, a expresar lo que llevan dentro, a gritar a los cuatro vientos su sueño y su esperanza. Él escucha, interroga y acompaña. Es suficiente.