Monseñor Julio Parrilla

Hijos de la posmodernidad

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 1
Triste 3
Indiferente 1
Sorprendido 0
Contento 9

Alguien me preguntaba sobre la posmodernidad… Se trataba de un padre desconcertado que no acertaba a comprender el fenómeno posmoderno en el cual sus hijos se movían con protagonismo creciente.

Lo que llamamos “mentalidad posmoderna” es un fenómeno globalizado que afecta, sobre todo, a los jóvenes. Ellos son más sensibles al pluralismo, al halago, al hedonismo y, precisamente por ello, más vulnerables. De ahí la tendencia narcisista a gozar del presente sin ninguna responsabilidad ante el futuro.

Se trata de un tiempo débil, en el que el “estar bien” y el gozar de la vida dominan el horizonte de la vida personal y colectiva. Así, muchos confunden el “estar bien” con el “buen vivir”. Todo gira alrededor del propio yo, prisionero de sus intereses, carne de cañón de un consumo exacerbado.

Nunca los jóvenes han consumido tanto, nunca han gastado tanto dinero en sí mismos, en su promoción, estudios, diversiones, marcas y modas que afectan a ropa, calzado, tecnología, geles y fijadores,… Quien no entra en el juego de la apariencia queda fuera, rendido y humillado, con la sensación de no ser nadie y de no valer nada.

El tema no es la estética posmoderna, la ausencia de ideología o de valores, sino la ausencia del compromiso, la falta de vida dada a favor de los otros, especialmente en un pueblo como el nuestro, cuyos dolores evidentes expresan la falta de equidad y de justicia en la que viven tantos de nuestros jóvenes cachorros. Lo triste no es que los jóvenes no vayan a misa. Lo triste es que la alternativa sea el centro comercial, el ansia de mirar y de dejarse mirar.

Nos guste o no, esta mentalidad, presente en los propios hijos, genera un tipo de personalidad más compleja y menos definida, más centrada en lo subjetivo y menos en compromisos durables y definitivos. Todo se vuelve relativo bajo las exigencias de la emoción y de la provisionalidad.

Comprendo el desconcierto del buen padre de familia, tan cercano y distante al mismo tiempo de sus hijos… En un momento dado, me preguntó si a mí la posmodernidad me había aportado algo. Le dije que sí. Que me había dado la oportunidad de reconocer mis limitaciones y de ser más compasivo con los jóvenes.

Ellos tienden a decir que todo va superbien y funciona de maravilla… Pero yo percibo que esta cultura posmoderna, tan frágil y superficial, deja en evidencia muchas de sus carencias, angustias y miedos y, sobre todo, esa inmensa necesidad de ser amados. No todos pueden ganar este concurso y más bien son muchos, muchísimos, los que quedan descartados en la cuneta de la vida.

Lo triste es que quienes les halagan son los mismos que les despreciarán cuando dejen de ser buenos clientes… También en la posmodernidad hay un enorme batallón de feos, torpes e inútiles.