Víctor Fagilde

Populismos en Europa

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Todo apunta a que el ciclo de la socialdemocracia en Europa se está agotando. Mucho tiempo en el poder, falta de propuestas, desnaturalización de programas por la incorporación de postulados de los socios de gobierno, y necesidad de reforzar discurso y dirigentes son algunas de las principales causas de esa suerte de hastío del electorado. Pero tan importante como eso es que el deslizamiento se produce, más allá del centro, hacia la derecha y, en algunos casos, como el reciente de Austria, hacia la derecha más radical.

Holanda -Geert Wilders-, Hungría -Gábor Vina-, Alemania -Alexander Gauland-, Francia -Marine LePen-, Finlandia -Timo Soini- y tantos otros, están tomando posiciones electorales destacadas en sus países, con bases comunes que giran, fundamentalmente, alrededor de las inmigraciones ilegales. En las recientes elecciones generales austriacas ha ganado el partido conservador, hasta entonces en el gobierno con los socialdemócratas. Los resultados han sido sorprendentes, porque han ganado los conservadores, por el gran crecimiento de la extrema derecha, casi empatada con la socialdemocracia en el segundo puesto, y por la desaparición de los verdes (solo una escisión consiguió superar el 4% que la ley electoral exige para acceder al parlamento). Y por si fuera poco, el hábil y joven dirigente conservador, Sebastian Kurz, ha utilizado en campaña una batería de propuestas sugeridas por la extrema derecha de Heinz-Christian Strache.

El vencedor de las elecciones tiene poco en dónde escoger: o reedita la coalición con los socialdemócratas (que él mismo dinamitó para forzar este proceso electoral y a la que los propios ex socios no ven con buenos ojos), o abre el gobierno a la extrema derecha, en experiencia no inédita, que ya tuvo lugar entre 2000 y 2007, cuando los conservadores gobernaron con el ultra George Häider, en un agitado período que provocó una lluvia de sanciones por parte de la Unión Europea. La otra alternativa —socialdemócratas-ultraderecha— no parece muy probable.

¿Pero qué hacer con ellos? En el caso de Austria, si se quedan fueran, se reeditaría una fórmula ya agotada y que dejaría a los ultraconservadores la posibilidad de seguir creciendo a costa de una fórmula de gobierno ineficaz. Incorporarlos (han pedido el propio Ministerio de Inmigración) supone asumir riesgos esperando que el contacto con el poder lime las aristas de su poliédrica distancia con el arco político proeuropeo.

Sí. Sebastian Kurz es ya una estrella en ascenso de la que depende el futuro inmediato del país, pero que debe conseguir sus dos promesas electorales: cambio real y tolerancia cero con la inmigración ilegal, y debe hacerlo a caballo de los crecientes populismos europeos y de la ya agenda número 1 en Europa, los flujos poblacionales.