Monseñor Julio Parrilla

Políticas inhumanas

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1 de September de 2013 00:02

De un plumazo, las autoridades del IESS han suprimido las capellanías de los hospitales de Quito y Guayaquil. Es una medida que se suma al rosario de disposiciones antirreligiosas de un Gobierno y de una administración pública que, en su día (¡qué lejos queda!), presumieron de inspirarse en el humanismo cristiano y en la Doctrina Social de la Iglesia...

A la luz de decisiones como esta y de otras muchas en la misma dirección, cabe preguntarse qué sentido tiene en la vida de muchos de nuestros políticos y administradores públicos proclamarse cristianos y, al mismo, privar al pueblo al que dicen servir del consuelo de la fe. Para muchos cristianos que trabajamos día a día a favor del Reino de Dios y su justicia, que tratamos de estar cerca de los jóvenes y de los pobres, de los enfermos y de los privados de libertad... este laicismo excluyente que promueven los poderosos de la tierra clama al cielo.

Muchos de estos administradores que, en privado, disienten de esta política reduccionista y materialista, doblan la cerviz ante sus superiores jerárquicos y se vuelven mudos, incapaces de decir lo que piensan y de defender lo que creen. Pareciera que el puesto y el sueldo pesaran más que las propias convicciones.

La Iglesia no pide ningún privilegio, sino sólo ejercer su derecho (el mismo que tienen todas las confesiones) de atender a sus miembros más débiles y necesitados. Más de una vez he tenido que ir a un hospital para atender espiritualmente a la madre o al hijo moribundo de algún que otro revolucionario... Sus lágrimas fueron las mías y, al tiempo que compartí el dolor y la esperanza, entiendo que sembré una honda paz en el corazón roto de enfermos y familiares. Cuando esto ocurre, como por arte de magia, se esfuman la ideología, la política, el prejuicio... y sólo queda la certeza de sentirse amado por un Dios capaz de acariciar el dolor humano.

En cualquier país civilizado, socialista o capitalista, el reconocimiento de la libertad religiosa, la atención de las personas en su realidad más íntima, de corazón y de conciencia, se convierte en un derecho inviolable. Para reconocerlo y defenderlo se necesita no sólo ser demócrata, sino una básica finura humana y social. Y, al mismo tiempo, vivir convencido de que la persona está por encima de cualquier ideología o política partidista. Lo religioso pertenece al mundo de la conciencia y de la libertad que, de forma orgánica e integradora, un Estado tiene el deber de salvaguardar. Se trata de algo muy sencillo, cuando hay una auténtica voluntad de respetar y promover los derechos ciudadanos: personas, espacios, horarios, etc., que garanticen el derecho que cada uno tiene de vivir y de morir según sus propias convicciones. Máxime, cuando estamos hablando de una sociedad religiosa en su inmensa mayoría. ¡Así somos de contradictorios! Nuestras autoridades son capaces de llevar las andas del Santo (¡linda la foto!) y, al mismo tiempo, incapaces de consentir que el muertito reciba la bendición.

Algún día, muchos de los que ahora se callan y miran hacia otro lado, cuando la política los deje varados en la cuneta de la vida, sentirán vergüenza de haberse acomodado a semejante injusticia .