Diego Cevallos Rojas

El estadista que no fue

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Rafael Correa afirmó que en momentos de una tragedia, como el reciente terremoto, se requiere de un liderazgo fuerte. Es cierto, pero no como el suyo, vacío de las virtudes, habilidades y de la sobriedad de un estadista. Muchos esperaban que la tragedia lo animaría a cambiar, a llamar finalmente al acuerdo y la unidad, pero para él, eso es y será imposible.

Tres días luego del terremoto, en un país del vecindario, Chile, falleció el expresidente Patricio Aylwin, político ubicado en las antípodas de Correa: sobrio, fino en el trato, ajeno al insulto, tejedor de acuerdos y dueño de tal aplomo y seguridad en sí mismo, que la arrogancia o el autoritarismo no cabían en su accionar.

Apenas dejó la Presidencia en 1994 y luego de haberle inyectado combustible a una democracia que emergió de una cruenta dictadura de 17 años, Aylwin pasó a la historia como el estadista y buen hombre que fue, así lo reconoció todo el espectro político chileno, con las excepciones naturales de siempre. Ahora, que acaba de morir, los chilenos lo refrendaron con un sentido funeral de Estado.

Pregúntese apreciado lector ¿Luego de 10 años de gestión, cómo pasará a la historia el presidente Correa? ¿Quedará de él alguna huella similar, aunque sea mínima, a la dejada por Aylwin?

¿Pasará a la historia como un estadista que consolidó la democracia, el desarrollo, las libertades y la unión de los ecuatorianos? ¿Se lo recordará como alguien que enfrentó con eficacia una de las peores tragedias naturales que golpearon a Ecuador o como el mandatario que llevó a su país a la prosperidad luego una bonanza petrolera sin parangón?

Difícilmente se puede dar respuestas positivas a esas preguntas. Bastaría escuchar algunas actitudes y frases exhibidas por el Mandatario luego del terremoto, para darse cuenta del tipo de líder que manejó Ecuador entre 2007 y 2017.
Correa descalificó con arrogancia a quienes de buena fe sugirieron crear fideicomisos o una junta de reconstrucción para enfrentar el difícil momento.

Igualmente, chantajeó a la oposición (si me apruebas esto te doy esto…) y se atrevió a amenazar con cárcel a damnificados del terremoto. Asimismo, mantuvo incólume su talante autoritario y su desconfianza con la sociedad civil.

Además, en ningún momento llamó a una unidad real del país o puso el ejemplo de ahorro y sacrificio, anunciando un plan de austeridad de su gobierno.

Fiel al talante exhibido en su ya larga gestión, lo dicho y hecho luego del terremoto es la expresión clara de lo que nunca fue Correa: un presidente estadista.