José Ayala Lasso

Respétenme o...

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Los líderes autoritarios no duermen pensando en los mejores métodos para asegurar que el pueblo que gobiernan les manifieste respeto. Su inseguridad les lleva a exigir un trato especial para la jerarquía que ostentan, convencidos de que poseen los valores que creen encarnar. De esa manera, invocan el respeto como una exigencia indispensable para honrar la majestad de la función que desempeñan. Creen que la disensión o la desobediencia son ofensas imperdonables. Y conciben métodos de cuestionable eficacia para asegurar esa sumisión que se les escapa como el agua entre los dedos de la crispada mano.

La prensa internacional informa, por ejemplo, que Kim Jong-un, líder de Corea del Norte, castigó la falta de respeto del Ministro de Defensa que se durmió durante uno de sus interminables discursos, fusilándole con balas antiaéreas. Verdadera o falsa, la noticia invita a algunas reflexiones.

No todos los líderes autoritarios son tan extremistas al escoger los métodos para asegurarse la adhesión colectiva. Los hay quienes se limitan a interrumpir el normal desarrollo de sus funciones, ordenar un “alto” a su caravana, bajarse del vehículo en el que viajan e increpar al ciudadano que les ofende, en desesperada búsqueda de que esta censurable conducta no se repita. Las sumisas instituciones por ellos dirigidas dan término al episodio: el irrespetuoso es inmediatamente juzgado y condenado.

Entre estos dos métodos de cultivar el respeto popular hay ciertamente una diferencia inmensa en cuanto al contenido material de los hechos, pero sus fundamentos y su lógica son idénticos.

La historia ha demostrado hasta la saciedad que métodos como los ejemplificados no dan el resultado que se busca. Quien exige respeto usando la intimidación y la prepotencia, en el mejor de los casos cosecha miedo real y aparente sumisión.

Hay otra manera de cosechar respeto, cuya eficacia es incuestionable: ¡merecerlo! Es decir, vivir con dignidad y reconocer la dignidad de todos. Los seres humanos, individual y colectivamente, reaccionan de manera espontánea y rinden homenaje a quien ha hecho del respeto a los demás su norma de vida, la regla de oro en su conducta personal, porque advierten que los principios que guían a tales personas representan fielmente los ideales éticos de la sociedad en la cual viven.

¡Qué grato es recibir la afectuosa consideración de los ciudadanos cuando nada se les ha pedido y se les ha respetado siempre! Carentes de esto, los que atropellan libertades, insultan y ofenden, no encuentran más remedio que “ordenar que se les respete”, como lo comentó hace poco el diario español El País refiriéndose a un caso concreto en nuestros lares, o bajarse del automóvil para increpar a un menor de edad o castigar con metralla antiaérea al irrespetuoso ministro dormilón.