Juan Cuvi

Assange, el cangrejo

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Para el Gobierno ecuatoriano, el asilo de Julián Assange será como tener un cangrejo en la bragueta. Me lo dijo un alto funcionario del régimen a las pocas semanas de ocurrido el incidente. Nos habíamos quedado varados durante horas en el aeropuerto de Quito, y decidimos hablar de todo un poco para alivianar la espera. La obvia cautela que envolvió a la conversación no impidió que abordáramos ciertos temas delicados.

A más de una inocua publicidad, no entendía la utilidad ni la perspectiva de la decisión. Para él, la salida del embrollo tendría un alto costo para el Gobierno y para el país. Tarde o temprano. Palabras proféticas, diría un aficionado a la clarividencia.

En realidad, no se necesitaba de mayor agudeza para percatarse de la complejidad del problema.
La contradicción entre retórica y realidad suele ser despiadada en el mundo de la política. Lo que está sucediendo con el caso Assange no tiene que ver ni con la soberanía nacional ni con un supuesto antimperialismo, sino con la incompatibilidad entre el ejercicio pleno de la libertad y la razón de Estado (de cualquier Estado, sea de izquierda, de derecha, populista, democrático o dictatorial).

Desde que los franceses acuñaron el concepto de raison d’État como fundamento para el ejercicio moderno del poder, la transparencia quedó proscrita del mundo de la política; por eso pasó a ser patrimonio y reivindicación de la sociedad.

Julián Assange surgió justamente como expresión de las dinámicas ciudadanas que interpelan al poder. Pero desde el momento en que solicitó asilo en una sede diplomática, quedó atrapado en las redes de los intereses de Estado. Pasó a ser un engranaje de las negociaciones reservadas –es decir nada transparentes– entre gobiernos.

La decisión del Gobierno ecuatoriano de suspenderle el acceso a Internet es un crudo testimonio de que la retórica contestataria del régimen correísta fue grotescamente relativizada.
Además, en medio de una situación que, como país, nos ridiculiza ante el mundo. Ahora resulta que los mismos que proclamaron a Assange como adalid y paradigma de la libertad de expresión son quienes le aplican la peor de las censuras: el silencio forzado. No lo mandan a callar; le impiden hablar.

La razón de Estado es un principio que permite violar derechos a nombre de un interés superior, usualmente la integridad nacional o el bien supremo del pueblo.

Su aplicación ha posibilitado infinidad de crímenes y atropellos a lo largo de la historia.

Por eso las sociedades llevan años escudriñando al poder político, desnudando secretos y encubrimientos, poniendo en duda los argumentos respecto de la primacía y exclusividad de ciertas decisiones.

Por eso los ecuatorianos exigimos saber por qué ahora las autoridades quieren mocharle las tenazas al cangrejo.