Roque Morán Latorre

¿Líder, caudillo o cacique?

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Palabras que son mencionadas con frecuencia, particularmente, al referirse a alguien de las arenas políticas. Se ha escrito sobre ellas, se las ha analizado y encajado a personajes criollos y foráneos. Son distintas y, sin embargo, coinciden en algún aspecto: se asevera, sobre cualquiera de las tres, del que manda, del que ordena, del que impone su autoridad.

Las tres son aplicables para cualquier ámbito, empresarial o político; son susceptibles de añadírseles calificativos como “bueno” o “malo”, casi, de forma maniquea, sin términos medios ni graduaciones. Son, gramaticalmente, concebidas como sustantivos, pero la jerga y su usanza frecuente las han ido convirtiendo en adjetivos que, al compararles, las envuelve un halo de indefinición y una explicable subjetividad que depende, de quien las use, si es del bando a favor o contrario.
Escuchando alguna de ellas, instintivamente, se nos viene a la mente algún personaje; eso sí, cuando calificamos de manera positiva la autoridad de alguien, coincidimos -casi siempre- en los líderes buenos; si no, pensemos en el papa Francisco, por ejemplo.

Sobre el líder, sin temor a equivocarme, existe mayor bibliografía y estudio que las otras, que va desde lo social, pasa por lo político, llega hasta lo organizacional; rara es la escuela de negocios, como extraño sería el programa de perfeccionamiento directivo, que no incluya alguna sesión sobre tan apasionante tema. Las importantes coincidencias, al calificar a alguien como líder positivo, son su idealismo, su práctica ejemplar en la vivencia de valores trascendentes. También su carisma misterioso y las razones, a veces, enigmáticas del porqué de esa facultad humana extraordinaria que les otorga una bien ganada autoridad moral.

Al caudillo, a quien le sigue gente –generalmente sin criterio bien formado y con ignorancia-, le caracteriza una infranqueable personalidad y despotismo, embadurnados con vanidad y estrictez poco piadosa; para el caudillo, el fin sí justifica los medios. Toma el poder y la autoridad por asalto, muchas veces con violencia, por ejemplo, con un golpe de Estado, un ponerle la zancadilla a quien le estorba, un deshacerse de quien le hace sombra. No le importan el statu quo ni las normas existentes, las quebranta sin escozor alguno o inventa trampas para soslayarlas.
Al cacique, generalmente, le precede una casta, una dinastía, que será legada a unos de sus herederos. A diferencia del líder o del caudillo, que abarcan territorios extensos y, en muchos casos, hasta lo universal, ejerce su autoridad en un ámbito limitado, en lo geográfico, en lo social, en lo económico o político. Heredó, por fortuna o por ancestro, una autoridad, a la que puede honrarle si tiende a las características de un líder, o deshonrarle cuando actúa con rasgos de caudillo.