María Cárdenas R.

Micro y macro / gato y ratones

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En los medios sociales se vanagloria, el Ministro, de cientos de kilos de droga de diverso tipo, incautados, capturados a los narcotraficantes. El respectivo Ministerio se congratula por logros en la macro operación. Al tiempo, las calles de sectores de la urbe capitalina se repletan del micro narcotráfico, operaciones gigantes que están tan a la vista que lo único que se me viene a la mente es el gato jugando con los ratones. Me pregunto, ¿quién es el gato y cuáles los ratones?; modelo que se reproduce a lo largo y ancho de nuestro país. Sólo puedo hablar sobre la “turística” La Mariscal, una vergonzosa carta de presentación de nuestra capital, cuyas veredas recorro a diario por asuntos de trabajo.

El consumidor, amparado por una ley sin pies ni cabeza y nunca revisada, puede portar cantidades específicas de estupefacientes cuya calidad no se regula. Los micro narcotraficantes venden a vista y paciencia, de la Policía. La violencia es común entre las diferentes bandas. Dadas estas características, el gato no persigue la ilegalidad, sino que, los ratones se burlan de la inexistente autoridad, retorciéndose de la risa porque siempre ganan el juego.

Las calles de la que fue una renovada zona lúdica, importante por su historia arquitectónica y protegida, con el fin de brindar el necesario esparcimiento a propios y extraños, regida por una ordenanza que, aunque dicen se ha reactivado, claramente no lo está porque así como la Policía no actúa, la Intendencia de Policía, menos.

Desde tempranas horas, no desde las cinco de la tarde, las mujeres micro traficantes, con sus respectivos silbadores, léase cuidadores, ocupan sus respectivas esquinas, agrupadas y muchas fumando o inhalando constantemente de su propia “medicina”, venden sin Dios ni ley y, sobre todo, sin miedo.

Suenan las sirenas, lujosos autos policiales, nuevitos, dan vueltas y vueltas por La Mariscal, el ruido insoportable, los silbadores, avisan y ellas, ya ni se molestan en esconderse, se camuflan como si fueran usuales peatones de la zona.

Lo curioso es que la Policía no se percata, de que siempre caminan sólo unos pasos para arriba o para abajo.
El problema está, en que esta zona que por su valor turístico y comercial, hotelera por excelencia y de restaurantes con permisos legales, es hoy un paraíso de actividades ilegales, la venta indiscriminada de drogas, los karaokes y bares de a dos cervezas por el valor de una, sin horarios y donde no hay ley, hoy es la plaza del juego del gato y los ratones, sólo que no se sabe quién se beneficia más. El Ministerio, la Intendencia y la Policía deben actuar sin descanso, retomar la zona, sincerarse y aceptar que, en sus narices, seguramente el doble de lo incautado en los grandes operativos, tan celebrados, corre por las venas y cerebros de jóvenes y adultos que poco podrán hablar del supuesto buen vivir, tan de moda hoy, que tanto nos cuesta y perjudica como ciudad.
¿Por qué estas bandas criminales no son espiadas?

mcardenas@elcomercio.org