Roque Morán Latorre

Década... ¿perdida o ganada?

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Pruebas al canto. La querella es simple. Complejo como juicio de una época que ya imprimió historia, que encierra circunstancias de fondo y forma. Defensores y detractores se trenzan en furibundos debates, azuzados por ‘comunicadores’ que aparecen sesgados hacia claras tendencias doctrinarias. Arcaicos políticos y ‘analistas’, que otrora tuvieron la oportunidad de servir y de hacer más por el país, ahora emergen como los verdaderos adalides de esta contienda…

¿No habrá alguna carita nueva?Algunos de ellos pretenden resucitar partidos políticos que yacen anquilosados, porque durante décadas no fueron capaces de formar líderes nuevos y cuadros renovados; aletargados, yermos de ideas nuevas, vacíos de innovación y de iniciativas que le permitan a este pueblo otear horizontes mejores, ‘pueblo tan inteligente’ -como ellos melosamente lo califican-. No se esforzaron en ese empeño.

Quizás porque practicaron lo que hoy pretenden condenar, al sumirse en la vanidad de su caudillismo que, con irrefrenable ego, nunca permitieron paso a noveles personajes.

Condenable, desde todo punto vista, en especial, desde lo ético, es pretender brillar con base en los “defectos y fallas” de su contrincante acérrimo, al intentar escudriñar, incluso, en los reconocidos aciertos, algún resquicio de torcido proceso.

Con rapidez se aproxima septiembre, cuando deberán inscribir candidatos. No se percibe, hasta ahora, un auténtico nuevo liderazgo, en ninguna región del país, desde ninguna tienda política, ni desde agrupación alguna; no existe, no se ve alguien capaz de aglutinar -alrededor suyo- un auténtico proyecto de país; no se escucha hablar del largo plazo, ni tampoco del mediano; no hay, no han realizado una exposición con claridad de planes o programas.

Duele ser testigos de visión tan miope e inmediatista, de angustiosa urgencia, donde solo se atisba las elecciones próximas. Defienden a mansalva su mendrugo de interés, de su bien particular; se oyen los obstinados sollozos y lamentos de algunos quejicas a quienes se les disminuyó, o “despojó”, de sus múltiples prebendas y privilegios.

La historia juzgará si estos 10 años fueron ganados o perdidos. El aterrador juicio humano es implacable e inmisericorde. Deseable es que, cualquiera que sea el veredicto, se fundamente en cifras, datos y hechos, no en mentiras, calumnias o criterios retorcidos, peor aún, nacidos de amargo resentimiento y rencor, hasta de odio, contra aquel que osó tocar su personal zona de melindroso confort o la de su grupúsculo.

Que no sean solo los sabios y eruditos los llamados a tan delicado escrutinio. Aristóteles ya lo afirmó: “Un Estado en que la multitud es pobre y excluida de los honores, está lleno de enemigos; hay que dar a la multitud una parte en las deliberaciones de los juicios”.