Martín Pallares

La inmolación del ‘Tin’ Delgado

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La figura de Agustín Delgado ha sido inmolada. Los autores de tan triste suceso son muchos pero esta no hubiera podido realizarse tan exitosamente si no hubiera sido por la colaboración del propio inmolado.

Delgado pudo haber pasado a la historia del Ecuador como lo que es, o mejor dicho como lo que era hasta que alguien pensó que su presencia en una papeleta electoral podría ser útil al momento de contar votos.

Como miles de exestrellas del deporte en el mundo entero, Delgado pudo haber sido recordado por sus fantásticos logros deportivos, quizá algo salpicado por ciertos episodios que son comunes a muchos héroes del deporte, como algunas dudas sobre su disciplina fiscal.

Pero aparte de estas dudas, que grandes figuras del deporte del mundo entero han visto marcar sus hojas de vida, Agustín Delgado hubiera sido recordado como uno de los más extraordinarios futbolistas de la historia del país y no pocos se hubieran dedicado en el futuro a esas bizantinas discusiones al estilo de ¿fue mejor que Alberto Spencer?

Pero Agustín Delgado ya no será recordado únicamente por su aporte a la historia del fútbol ecuatoriano. A su currículum habrá que agregarle el hecho de que su figura ha sido utilizada, con su consentimiento claro, como cabeza de playa de un operativo ideológico diseñado para justificar el acoso al caricaturista Bonil y a la libertad de prensa. Ese operativo ideológico se sustenta en un principio que pertenece al más puro y duro pensamiento colonial: las personas que pertenecen a grupos sociales que han sido afectados por las históricas injusticias del sistema deben tener prerrogativas y privilegios que los otros no tienen.

Este operativo ideológico, que gira alrededor del caso Delgado y que no es más que la fachada para legitimar un clarísimo acto de acoso a la libertad de expresión, ha producido ya al menos dos documentos que, sin duda, servirán como jurisprudencia: el informe técnico que el Consejo de Regulación y Desarrollo de la Información y Comunicación, Cordicom, hizo sobre  la caricatura de Bonil y la resolución de la Superintendencia de Comunicación, ­Supercom, con la que se amonestó a Bonil y a diario El Universo.

Estos documentos son, a las claras, dos valiosísimas piezas testimoniales que demuestran cómo el pensamiento colonial se ha convertido, en pleno siglo XXI,| en doctrina jurídica para el control de la opinión. Ambos documentos, en todo caso, deben ser considerados desde ya como auténticas joyas para el historiador del futuro.

De hoy en adelante, el que quiera expresar su opinión sobre el desempeño de un funcionario público deberá examinar con mucha atención los antecedentes socio-económicos y raciales del funcionario.

El caso Delgado quedará, pues, como el hito histórico que marcará el neocolonialismo doctrinario que rige en el Ecuador y su personaje, central, es decir él, como la cabeza de turco para dicho retroceso.