Monseñor Julio Parrilla

Polarizaciones

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28 de April de 2013 00:03

La realidad de Venezuela deja en evidencia muchas cosas y plantea algunas incógnitas que sólo el tiempo desvelará. Hace pocos días, al amparo del mito chavista, pareciera que todo estaba atado y bien atado. Así pasó en la España de Franco: al año de su glorioso entierro, el Régimen caía de forma estrepitosa, después de cuarenta años de discurso único, algo que parecía eterno... Los políticos también viven de ilusiones y tienen esa capacidad de maquillar la realidad y la fuerza de supeditarla a sus intereses personales y de troncha. ¿Será que nadie aprende de nadie y que todos tropiezan en las mismas piedras? Parecía que las alas del pajarito encubriesen toda Venezuela y su pío, pío fuera el canto de todo un pueblo... Nada más lejos de la realidad. Hoy, los analistas políticos hablan de dos Venezuelas y, posiblemente, haya muchas más.

El poder (los poderosos de este mundo) siempre tratan de escribir la historia a su medida, es decir, a la medida de sus intereses. Palabras, gestos, imágenes y propagandas reducen la vida plural, democrática y libre, a un discurso único, necesariamente controlado y susceptible de ser castigado cuando los pies del diferente se sacan de las alforjas de lo establecido. Gracias a Dios, la conciencia del hombre y la libertad del pueblo no pueden encerrarse en los márgenes estrechos de la ideología o en los intereses, no siempre santos, de los grupos de poder, por revolucionarios que parezcan.

Hoy, tristemente, Venezuela se encuentra a un paso del caos institucional, empobrecida por los cuatro costados, a pesar del petróleo, con una fuertísima tasa de inflación, en manos de una nueva oligarquía petrolera y, lo que es peor, polarizada por una política excluyente que, lejos de integrar las legítimas diferencias, las agudiza y las enfrenta. Cuando semejante desatino se alimenta, el monstruo de la confrontación y de la guerra civil se hace presente y no presagia nada bueno.

La victoria de Maduro es una victoria pírrica, es decir, in extremis. Y ello a pesar de tener todo el poder (y los medios que el poder da) en sus manos. Cualquiera, con ojos democráticos, se da cuenta de la lucha desigual que, en estos casos, se da entre un Presidente candidato y cualquier otro aspirante. Ojalá que Maduro sepa administrar su triunfo. Y ojalá que el lindo pajarito bolivariano no se convierta en pájaro de mal agüero que devore la esperanza del pueblo, al menos, de la mitad de un pueblo que, a la luz de los resultados, deja en evidencia su derecho a vivir en democracia. Lo más triste es que, al final, quienes pagan los platos rotos de la polarización política son siempre los pobres (subsidiados, pero pobres in eternum, llevados y traídos al ritmo de las arengas altivas y soberanas, pero carentes de oportunidades, con poca calidad de vida y magra esperanza. Y, para más, peleados con sus hermanos.

Dios nos libre de semejante panorama. Ojalá que los únicos polos que marquen nuestras vidas sean el respeto a la diferencia y el hambre de libertad.