Diego Araujo Sánchez

Poeta en el más alto límite…

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El 5 de octubre se conmemorarán 100 años del nacimiento de uno de los más grandes poetas ecuatorianos, el cuencano César Dávila Andrade.

Pocas semanas después de su muerte en mayo de 1967, pude examinar algunos dibujos que salieron de sus manos. Uno de ellos me llamó la atención y lo recuerdo todavía: con trazos cortados, perfila el rostro de Cristo; pero si lo volteamos, los mismos trazos esbozan la imagen del demonio. Dios y el diablo, el ser y la nada, el amor y la muerte…La poesía de Dávila se mueve entre esos antagonismos.

Es evidente el sentido religioso de su experiencia como artista, tanto que se le puede aplicar la denominación de un místico en estado salvaje, que utilizó Paul Claudel para Arthur Rimbaud. En la poesía mística, el camino de ascenso del alma hacia el encuentro con lo Absoluto pasa por un tramo negativo, de oscuridad, perplejidades y extrema angustia. Esa vía de purificación, de noche cerrada, termina con una iluminación, una experiencia de hallazgo y plenitud: el encuentro del buscador con el ser buscado. La aventura de Dávila es de desencuentro y fracaso, termina en radical aislamiento e incertidumbre, en la oscuridad más densa e impenetrable. La sed de Dios y del conocimiento, de la poesía y la belleza, le conducen a su negación, a la nada, al aniquilamiento; la penetración en las cosas, y en la perpetua renovación de la naturaleza, a la constatación de la muerte y destrucción, al Gran Todo en Polvo; la búsqueda de la belleza y claridad, al encuentro con lo tenebroso y oscuro. En ese camino, el lenguaje poético se descompone, las imágenes se dislocan, la lógica se quiebra; la poesía se convierte en el espejo de una conciencia desgarrada.

En “Espacio me has vencido”, su primer libro, el hombre devorado por la inmensidad del cosmos busca un lugar de destierro. ¿Qué le lleva a ese confinamiento? No la idea abstracta de extensión, sino el contacto con la Tierra, con las fuerzas de la conciencia que reaccionan cuando despiertan a los requerimientos de la experiencia. Después, en “Arco de instantes”, el artista se sumerge en el tiempo, constata su fragmentación; en “Catedral salvaje”, se identifica con el espacio andino, las fuerzas telúricas; con “Boletín y elegía de las mitas” asume el dolor y la expoliación indígena y, en libros ulteriores, como “Conexiones de tierra” o “Materia real”, refleja la desintegración de su conciencia.

Dávila Andrade anticipa su final en su relato “El cóndor ciego”, que anuncia también en el poema “Catedral Salvaje”: “Alguna tarde, en una sorda pausa entre dos tempestades,/ torna a elevarse el negro cóndor ciego, hambriento de huracanes./En el más alto límite del vuelo, cierra las alas repentinamente/ y cae envuelto en su gabán de plumas…”

La obra de Dávila Andrade merece la difusión que no ha tenido en nuestra América. Es un necesario homenaje por el centenario.