Iván Carvajal

Poesía y desarraigo

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20 de November de 2011 00:05

Hablar de Tomás Segovia, uno de los grandes poetas y ensayistas de nuestra lengua, quien murió hace un par de semanas en México, obliga a una mínima exploración de los vínculos entre la poesía y el desarraigo. Contra lo que usualmente se cree, sobre todo contra lo que los funcionarios del aparato cultural creen, la verdadera poesía de nuestro tiempo no expresa las raíces de una patria, de una cultura nacional, sino por el contrario el desarraigo, la condición del ser humano en éxodo. Esta es la condición humana en nuestra época y los poetas están llamados a recordárnoslo.

Segovia inició su éxodo vital en la infancia. Nacido en España, tuvo que emigrar debido a que al concluir la Guerra Civil se instaura la dictadura de Franco: primero París, luego Casablanca y finalmente México. El exilio de la familia republicana permitió al poeta pensar de otra forma su inserción en la cultura: lejos de la nostalgia por las “raíces”, asumió el desarraigo y la inquietud como experiencia esencial.

Cuando hace un par de décadas volví de México con ‘Poética y profética’ entre mis manos, invité a un grupo de jóvenes amigos a participar en un seminario libre, fuera de las instituciones académicas, para leer ese libro potente y para meditar sobre una vía de pensamiento en que confluyen un vasto conocimiento de las ciencias humanas y la filosofía, la exigencia crítica y la voluntad de escritura libre y poética. Un pensamiento nómada, trashumante, despojado de ataduras, eso es ‘Poética y profética’. Lo que aprendimos entonces de Segovia fue el sentido de la libertad de pensamiento: la voluntad para poner en cuestión toda creencia, toda verdad arraigada en cualquier sistema de saber. Su dimensión ética se muestra a propósito de su “consagración” con el Premio Rulfo. Dice en una entrevista: “Yo no pertenezco ni a un país ni a otro (seguramente en referencia a México y España)… A lo largo de mi vida he ido cambiando de todo, incluso de esposa, y así he vivido toda mi vida. Nunca me he arraigado ni a un país, ni a una época ni a un matrimonio. Por eso me extraña más la concesión del premio, porque cuando se consagra algo se hace porque eso mismo que se consagra ya está arraigado. Y yo creo, insisto, que no soy consagrable”.

Para Segovia no existe la identidad de las colectividades. Advierte el peligro de identificar la identidad con la nación, y la nación con el Estado. “Nadie quiere acordarse de que eso fue precisamente lo que utilizó Hitler”. De ahí su insistencia política en la igualdad de derechos entre los nativos de un país y los inmigrantes.

Poeta del desarraigo, por tanto, de la hospitalidad: “Tu casa es ese sitio revocable y punzante donde late tu mano en otra mano, y el hombre sólo arraiga en una tierra cuando la transitan sus caminos”.