Monseñor Julio Parrilla

Pobres y apaleados

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jparrila@elcomercio.org

La fotografía de cientos de colombianos deportados por el Gobierno venezolano cruzando la frontera, con el agua a la cintura y los enseres sobre sus cabezas, clama al cielo y debería de ser colgada y exhibida en el museo de los horrores de un planeta experto en hacerse daño a sí mismo. La foto denota hasta qué punto de miseria moral se puede llegar por arte y magia de una política maldita que supedita la dignidad de la persona a los intereses del poder.

¿Cómo interpretar desde la ética política el silencio de la OEA y demás organismos latinoamericanos? ¿Cómo valorar la tibia reacción de gobiernos de izquierda que dicen inspirarse en el humanismo cristiano y socialista? La crisis entre Venezuela y Colombia deja en evidencia esa inmensa distancia entre el discurso a favor de los empobrecidos del mundo y la dura realidad. La fotografía de este éxodo indigno evoca otros horrores con los cuales el presidente Maduro se quiere justificar: el terrible desplazamiento de miles de migrantes y refugiados que llegan a las costas de la Unión Europea buscando mejores condiciones de vida o, simplemente, huyendo de la muerte. Tras la deportación de los pobres colombianos queda una estela de crueldad: el maltrato de personas, niños y ancianos incluidos, la destrucción de viviendas, la incautación de negocios y los infinitos abusos sobre gentes indefensas. ¡Y todo para encubrir los propios problemas, la propia incapacidad para gestionar el país!
El precio de esta historia absurda de distracción lo están pagando los pobres, como siempre suele ocurrir cuando se trata de encontrar un chivo expiatorio. Las razones esgrimidas por el Gobierno venezolano (la presencia de contrabandistas y criminales colombianos en la frontera) resultan patéticas, dada la propia tasa de homicidios y la impunidad reinante. Más allá de la manipulación política, hay que decir que el crimen no tiene nacionalidad. En el caso que nos ocupa, más bien está enquistado en la propia casa. Por eso, resulta inaceptable cualquier deportación masiva e indiscriminada. ¿Qué culpa tienen estas pobres gentes? ¿En virtud de qué se puede justificar tanto dolor? ¿Será esta la forma de solucionar en Venezuela el problema del contrabando y de la criminalidad? Más bien convendría ir a las raíces del mismo y preguntarse sobre los propios errores… O toda esta historia, ¿no será más que una forma de eludir las propias responsabilidades y de distraer al personal? Las elecciones están cerca y parece que la popularidad del jefe anda por los suelos…

Más allá de los intereses de la política están las personas: su dignidad, derechos y libertades… Algo que no se compadece con esa visión inhumana de colombianos pobres y descartados. Y menos aún con el silencio de quienes deberían mirar de frente el dolor humano pero, más bien, prefieren mirar hacia otro lado, en aras de un falso nacionalismo. Una revolución que se sostiene a costa de las personas es solo una vergüenza. No vale el silencio.