11 de May de 2013 00:04

Pobre Evo

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Óscar Vela Descalzo

Hace pocos días Evo dijo que no le gusta leer. "Yo tengo ese problema", dijo el Mandatario boliviano, para luego rematar su confesión así:"a veces a lo máximo veo los títulos, algún capítulo, o unos párrafos, pero nunca termino de leer las obras." Su declaración me dio pena, casi la misma pena que he sentido cuando conozco gente que no lee, o cuando escucho a alguien decir que prefiere esperar a la película, pero en este caso, tratándose de un personaje público, el pesar es mayor.

Pobre hombre, pensé aquel día, mientras su declaración transitaba entre las páginas de la prensa y las pantallas de los televisores causando cierto revuelo, pero sobre todo generando burlas y motivando sonrisas.

Y claro, se me vino a la mente de inmediato aquella fantástica teoría científica que Evo lanzó tiempo atrás sobre la conexión directa entre la homosexualidad y las hormonas inyectadas en los pollos para la alimentación humana. Y me asaltaron una serie de interrogantes: ¿De dónde salió tal teoría? ¿Hizo un curso de lectura rápida o se la contaron? ¿Se habrá quedado dormido al leer el título o un párrafo del curioso documento científico? ¿Entendió bien lo poco que leyó o escuchó? ¿Lo vio en Discovery o lo dedujo de alguna escena cinematográfica? Lo cierto es que aquella magnífica hipótesis, apeada de su indispensable referencia bibliográfica, se quedó por ahora sin sustento.

Pero, pensé también que el pobre Evo era más pobre ahora porque su confesión debe haber estremecido a sus partidarios y coidearios que se preguntarán de qué espacio surgió entonces su ideología, quién fecundó sus convicciones y dónde encontró a sus referentes históricos y políticos. Si apenas ha leído el título o unos pocos párrafos de algún libro, según sus propias palabras, ¿cuáles fueron sus fuentes de aprendizaje? Me resisto a creer que lo escuchó todo en grabaciones de casete, o en discos de vinilo, o que lo vio en una pantalla de cine. Sería insólito pensar que los descubrió en los posos de una taza de té, o en el rectángulo maravilloso de una cancha de fútbol, o que alguien se lo contó de viva voz mientras mascaba coca. Y entonces volvemos a las preguntas: ¿es acaso Evo un autodidacta de lo sensorial? ¿Es un erudito natural o estamos ante la presencia de un iluminado? A todo me respondo que no. Y sigo pensando que el pobre Evo no sabía lo que decía, que su candidez lo llevó a confesar una falta inconfesable para un líder político. Sigo pensando con tristeza en el hombre que apenas ha vivido una vida, la suya propia, por más intensa que haya sido, y que ha dejado pasar miles de vidas extraordinarias que se ocultan entre las páginas de los libros. Sigo pensando con desazón en aquellas personas que, en lugar de leer, llenan su tiempo embobados frente a un televisor, hipnotizados por un aparato electrónico o extasiados con el poder, por ejemplo.

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