Rodrigo Borja

Plutarco Naranjo

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6 de May de 2012 00:01

No he conocido persona de mayor capacidad de trabajo. Lo advertí hace muchos años en la Casa de la Cultura. Él era vicepresidente y miembro del Consejo Académico y yo, secretario general. Dos o tres veces a la semana me visitaba para pedirme sacar a limpio los borradores de sus artículos para revistas científicas europeas con las que colaboraba permanentemente.

Hombre inteligente y de férrea disciplina, Plutarco fue un dechado de aprovechamiento del tiempo. Extrajo del tiempo toda la utilidad posible.

Recuerdo, como anécdota, que cuando le propuse asumir el Ministerio de Salud me aceptó con una condición: que sólo podría trabajar a partir de las 8 de la mañana porque de 6 a 8 estaba obligado a atender a sus pacientes, que no podía abandonar.

Fue un hombre excepcional. No soportó la quietud. Se entregó impulsiva y compulsivamente a la acción. A hacer cosas. A crear. Tenía horror a la inactividad. Me recordaba a Ortega y Gasset y a su tesis de que existen dos tipos humanos no sólo distintos sino antagónicos: el hombre de acción y el hombre de pensamiento. Al primero llama “ocupado”, porque en él lo inmediato es la acción; y al segundo, “preocupado” porque con sus interminables cavilaciones se ocupa antes de ocuparse, es decir, se “pre-ocupa”, y con ello se sume en la inacción: en la "apraxia", que él decía, para referirse a la casi patológica incapacidad para la acción de los intelectuales puros.

Plutarco fue un hombre de pensamiento y de acción. Formó parte —en palabras de Ortega y Gasset— del "tipo de hombre menos frecuente, más difícil de lograr, precisamente por tener que unir entre sí los caracteres más antagónicos: fuerza vital e intelección, impetuosidad y agudeza".

Humanista, científico, historiador, arqueólogo, catedrático, académico, literato, político, diplomático, escritor, sociólogo, antropólogo, indigenista, médico, alergista, cirujano, fisiólogo, farmacólogo, anatomista, botánico. Fue autor de 40 libros y coautor de 50. No hay campo del saber que él no haya penetrado con su aguda inteligencia e inagotable energía.

Sus conocimientos y aptitudes los puso al servicio del Ecuador en el Ministerio de Salud. La tarea fue fecunda. Estructuró el Plan Nacional de Salud, impulsó la construcción y equipamiento hospitalarios, extendió la red de farmacias populares en escala nacional para abastecer a precios reducidos a los pacientes pobres, creó 324 centros de salud, batió marcas internacionales en vacunación infantil y, lo más importante, creó el programa médico familiar con el que atendió gratuitamente en sus propios hogares a un millón y medio de ecuatorianos de bajos ingresos en todo el país.

Hizo milagros con los escasos recursos económicos —el precio del petróleo fluctuaba alrededor de 11 dólares el barril— y pudo cumplir su vieja e irreductible vocación de servicio a los más necesitados.