Óscar Vela Descalzo

Plumas que hieren

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Me pregunto: ¿qué habría sucedido si la célebre y alegórica frase de Juan Montalvo a propósito de la muerte de Gabriel García Moreno, “mi pluma lo mató”, bajo los mismos supuestos, se hubiera pronunciado en el contexto actual del Ecuador? Imagino que al enorme escritor y pensador esas cuatro palabras le habrían ocasionado más de un problema legal, onerosas sanciones pecuniarias, una avalancha de ataques en las redes sociales y ejemplares condenas judiciales.

Similares consecuencias habría tenido hoy otro de los intelectuales combativos de la época, Juan Benigno Vela, al publicar sus lapidarios ataques libertarios, entre ellos su famoso testamento político contra los diputados gobiernistas en 1878.

El ciego Vela dijo en esa ocasión: «Mando que, con parte de mis pequeños recursos se levante, en el salón donde se reunió el Congreso Constituyente, cuatro estatuas que representen: La Sabiduría, La Justicia, El Pudor y La Libertad, diosas que fueron ultrajadas y pisoteadas por los viles que traicionaron la voluntad de los ecuatorianos».

Hace pocos días, revisando un libro, encontré esto: “Es el caricaturista político más influyente del país, «un hombre capaz de causar la revocación de una ley, trastornar el fallo de un magistrado, tumbar a un alcalde o amenazar gravemente la estabilidad de un ministerio, y eso con las únicas armas del papel y la tinta china».

Los políticos lo temen y el gobierno le hace homenajes”. El texto corresponde a la novela ‘Las Reputaciones’, del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. En esta incisiva y reveladora obra, su autor desbroza la realidad de la opinión y la crítica política en las sociedades modernas a través de un personaje de ficción cuyas caricaturas sacuden los cimientos del poder.

Hoy esas plumas ácidas de la palabra certera y la caricatura mordaz están en proceso de extinción. La opinión se encuentra condicionada, amarrada, amenazada y atemorizada. Vivimos una época de susceptibilidades extremas en la que todo, absolutamente todo lo que se diga o se insinúe, puede ser usado en contra del que hable, escriba o dibuje.

Cualquier frase, cualquier trazo por nimio o inocente que parezca puede traer consecuencias legales a su autor que será acusado por las sensiblerías más absurdas. Esto es lo que ha sucedido los últimos días con Bonil y su última caricatura cuestionada, aquella en la que critica con ironía un aspecto particular de la nueva ley de identidad.

No existe en esa caricatura de Bonil ninguna afrenta contra nadie, ningún agravio, insulto, ataque o injuria contra un grupo específico o persona alguna. No hay un solo indicio que pudiera descubrir allí un acto discriminatorio u ofensivo. Pero, sin embargo, se le abrió un expediente y van otra vez detrás de él.

Las plumas que dan vida a las palabras o engendran imágenes en realidad no matan, pero sí hieren, tajan, rasgan, hincan, y en muchos casos aquellas punciones son vitales para el desarrollo de una sociedad libre y justa.

ovela@elcomercio.org