Fabián Corral

La Plaza Argentina

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La Plaza Argentina es uno de los pocos parques de la ciudad que, pese a la agresión del tráfico, las ventas ambulantes y los edificios esperpénticos que se han construido en torno a ella, conserva su prestancia.

Ha superado, hasta aquí, los riesgos de la proximidad a los túneles y el hecho de estar en uno de los puntos de acceso a los valles. Parecería, sin embargo, que sus días están contados, y que correrá la misma suerte de otros parques y plazas, convertidos en terminales al estilo de La Marín.


¿El monumento al general San Martín sufrirá el mismo destierro que sufrieron otros, como aquel que ahora se conoce como “el caballito”? ¿Los pasos deprimidos y los elevados que se proyectan, asegurarán el flujo del tráfico desde y hacia los túneles, o lo incrementarán? ¿Por qué insistir en los pocos accesos que tiene la ciudad desde los valles y hacia ellos; no será necesario pensar en otros? ¿Qué pasará con las avenidas 6 de Diciembre, Almagro, Shyris, Eloy Alfaro y las calles aledañas, si la Plaza Argentina se convierte en terminal de los buses que vienen desde los valles, como se anuncia?


Que la cuidad necesita soluciones viales, no se discute. Lo que se discute es la planificación -cuando hay- porque parece inconveniente, y la planificación que no existe. Lo que se discute, en el fondo, es que la ciudad debe ser para la gente, y no para los autos. Lo que se discute es el derecho a vivir sin ahogarnos en esmog.

Lo que se discute es el derecho al paisaje, es decir, a no tener una ciudad horrible. Y lo que no se ha discutido, ni se ha preguntado jamás, es el modelo de cuidad y de vida que queremos.
Lamentablemente, lo que los ciudadanos vemos y sentimos, y esto desde hace años, es que, con raras excepciones, cada “solución” agrega tráfico, cada paso a desnivel degrada el entorno y daña a la ciudad.

Las soluciones son tan provisionales y precarias que, en poco tiempo, quedan anuladas por el incremento de tráfico, la inacción de las autoridades, la conducta agresiva y abusiva de los conductores, y la “vocación por la suciedad y el desorden”.


Los ciudadanos vemos que las áreas verdes se recortan sistemáticamente en beneficio de los vehículos y en perjuicio de los transeúntes. Sentimos y sabemos que ninguna autoridad ha tenido nunca la entereza de poner en orden al transporte pesado, sometiéndolo a horarios y rutas.

En Quito, en horas insólitas y por sitios increíbles, transitan y se parquean camiones, volquetes y gigantescos transportes de mercancías. Y no se hable de la velocidad de los “articulados”, y del trato a los pasajeros que viajan apiñados en forma inhumana.

Y no se diga de la humareda que emiten esas chimeneas ambulantes que copan las calles. 
No arruinen la Plaza Argentina. No maten la perspectiva de la ciudad como sitio para vivir.