Diego Pérez

En plan Schmitt

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15 de December de 2013 00:01

Aunque al final del día los servicios secretos y las altas cúpulas alemanas lo consideraran algo menos que un trepador y una especie de intruso, Carl Schmitt terminó por imponerse como la mente jurídica del nacionalsocialismo. Como suele suceder con los regímenes autoritarios, las ideas de Schmitt fueron recicladas, empacadas al vacío y amalgamadas con la propaganda del Régimen. Este señor, de todos modos, pasó a la historia como el cerebro de las teorías legales del Tercer Reich y por sus polémicas con Hans Kelsen (el sí un demócrata) respecto, sobre todo, de cuestiones constitucionales.

Es que las ideas de este abogado alemán resultan de escalofriante actualidad. Por ejemplo, Schmitt abogaba por un poder de decisión fuerte, que no admita resistencias, que sea capaz de imponer y mantener el orden y, de paso, de demoler cualquier presunción o atisbo de las instituciones liberales. Parece que Schmitt aborrecía estas creaciones ilustradas (como los consensos, la moderación y la división del poder) por considerarlas débiles, sosas, insípidas y, al final del día, incapaces de mantener la paz y el orden gracias al temor y al silencio. Es decir, un reaccionario a pie juntillas.

Schmitt también era aficionado de la doctrina de la confrontación constante. Se le atribuye la frase (en todo caso, la idea es exacta) de que el enemigo es quien está en contra de mi posición. Creía, por tanto, en un régimen político sin ambages ni zonas grises: el sentido de la política debe ser la confrontación invariable, la pelea permanente, la aplicación de la dicotomía amigo-enemigo como uno de los valores supremos. Como consecuencia de lo anterior, el Estado debe ser un ente intenso, que conozca todo, que se meta en todo, que regule todo, que no deje nada fuera de su zona de influencia. Solo el Estado total, propietario de la verdad y de la polémica, podrá ser capaz de superar al viejo liberalismo y de instaurar un sistema que se base en la popularidad y en la vigilancia.

Pero quizá su teoría más aplicada de forma disciplinada y rigurosa en estos tiempos sea la de la democracia aclamativa, una democracia ilusoria, radical y basada en el carisma, en la aprobación popular y en la presencia asfixiante de un líder plebiscitario. La democracia aclamativa debe ser ejercida y puesta en práctica de viva voz y siempre con la anuencia de las grandes masas, de modo que se vaya formando un plebiscito diario, de tracto sucesivo. La verdadera representación debe ser escuchada en las calles (toda manifestación será contestada con su respectiva contramanifestación), en los discursos (que deben reflejar la verdad revelada). La democracia aclamativa, de otro lado, debe prescindir de toda regla formal, de todo límite constitucional que despida tufillos del liberalismo. Debe, por tanto, fabricar sus propias reglas al andar. Y claro, potenciar los factores de aprobación, el aplauso, la unanimidad y la venia.