Monseñor Julio Parrilla

Pinocho lo quiere todo

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Son las contradicciones de este pícaro mundo en el que vivimos. Los fundadores de Google dicen que el objetivo de las nuevas tecnologías es humanizar el planeta. Los ejércitos se publicitan con imágenes que los hacen aparecer como piadosas ONG´s. Los poderosos del mundo, cada vez que se reúnen en sedes u hoteles de cinco estrellas para debatir sobre pobreza, guerras, hambrunas, minas personales, analfabetismo, explotación infantil, cambio climático, migración o refugiados, publican documentos, cual verdaderas encíclicas…

Y digo yo: si todos están de acuerdo en erradicar todos los males de este mundo, haciendo de él una casa segura y habitable, ¿por qué seguimos padeciéndolos de forma inmisericorde? ¿Por qué el mundo no se hace más humano, especialmente para los que sufren condiciones inhumanas?
Se me ocurren varias posibilidades. La primera, consecuencia del escepticismo. Y es que las declaraciones de los que detentan el poder no serían más que puro marketing destinado a captar la benevolencia de los clientes o de los votantes. Y si alguno mete la pata y firma lo que no debe (¿se acuerdan del encuentro de París sobre el clima?), el Trump de turno pondrá las cosas en su sitio. El proteccionismo americano también tiene un alto precio. Otras veces quiero imaginar que la manipulación de la verdad no es tan descarada, que detrás de los discursos hay buena voluntad y deseo de arreglar las cosas. Al fin y al cabo, tal como dice el Papa Francisco, todos vivimos en la casa común. ¿Qué ocurre?

Seguramente, empresas, líderes políticos e instituciones desean el bien del género humano, pero también trabajan a favor de intereses y objetivos contradictorios. Desearían cambiar el mundo, pero sin disminuir los beneficios. Quieren acabar con las guerras, pero manteniendo la industria armamentística. Públicamente apuestan por la austeridad, pero en su vida privada echan la casa por la ventana. ¿Se acuerdan de Beckkam? Por un lado, apadrina generosamente, una vez al año, una necesidad social prestándole su físico y su glamour. Pero a continuación celebra su cumpleaños y se gasta medio millón de euros en canapés y en champaña, traslada en vuelo chárter desde España cientos de naranjos en flor para decorar la fiesta y se queda tan contento… Es un ejemplo del doble discurso y de la doble vida que con tanta naturalidad somos capaces de mantener. Por eso, a los poderosos del mundo les crece la nariz como a Pinocho.

No se puede querer todo. Las buenas palabras y los gestos simpáticos son fáciles de decir y de hacer. Lo difícil es que los valores y las decisiones que definen la vida sean creíbles. Predicar es una cosa y dar trigo, otra. A todos nos toca soltar el lastre que, más allá de las palabras, nos impide tomar decisiones y comprometer la vida, proclives como somos a lanzar discursos cómodamente sentados.