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3 de agosto de 2014 00:05

El domingo pasado un reportaje de este Diario informaba sobre una curiosa prohibición: la de exportar pieles de animales sin elaborar. Restricciones de este tipo pueden llegar a sonar positivas, pero siempre terminan siendo injustas para alguno de los involucrados.

Simplificando al extremo, las pieles animales sin elaborar o “crudas” son la materia prima para las curtiembres que, a su vez, producen cueros que sirven de materia prima para los productores de zapatos, muebles o ropa. Lo que está prohibido en el Ecuador es que se exporten las pieles crudas.

En los últimos años, el precio del cuero en el mundo ha subido. Por un lado hay una creciente demanda de los países asiáticos, por otro lado el cuero compite con fibras sintéticas que se han encarecido en paralelo con la subida del precio del petróleo. Parecería ser que por ese aumento de los precios internacionales, hace unos años empezaron a salir pieles ecuatorianas y a escasear en el país.

El razonamiento para la prohibición podría ser que la industria de la curtiembre necesita materia prima (abundante y barata), para poder proveer a los productores de zapatos con cueros (abundantes y baratos). Por lo tanto, y con el objetivo de que haya más pieles para los curtidores, se prohíbe que salgan del país.

También se podía argumentar que no es conveniente exportar productos sin elaboración que tienen poco valor agregado y hasta podría decirse que el cambio de la matriz productiva consiste en dejar de exportar pieles y empezar a producir zapatos.

Pero ninguno de esos argumentos es realmente sólido. La demostración es que, si lo que se quiere es que los precios para el mercado local se mantengan bajos, se debería prohibir la exportación de cualquier cosa que también pueda comercializarse dentro del país. Llevando este razonamiento al extremo, si se prohíbe la exportación de banano, es seguro que el precio local de los plátanos va a desplomarse y los batidos serán más baratos.
Pero la idea no es esa, la idea del comercio internacional es que los países produzcan aquello para lo que son buenos e importen aquello que se hace más eficientemente en el extranjero.

Porque cuando se prohíbe que algo se exporte, y por esa vía se logra bajar su precio, se lo está haciendo a costa de quien produce ese bien (los ganaderos que reciben menos cuando faenan sus animales). Entonces los ganaderos estarían pagando para que los curtidores y los zapateros tengan materia prima más barata. Y para que los consumidores podamos comprar calzado nacional a menor precio.

Pero sigue siendo injusto para los dueños del ganado y esa es una de las características de las políticas públicas que buscan fijar a quién o a qué precio han de vender los productores. Son políticas injustas con aquel que menos voz tiene para protestar.