Susana Cordero de Espinosa

De pertenencias

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¿A qué se debe esta inmensa sensación de alivio que reconozco en mí, ante el rotundo no con que Escocia ha respondido a su secesión respecto del Reino Unido? ¿Qué hay de común entre nosotros y ellos, tan lejos unos de otros, ellos más lejos de nosotros que nosotros de ellos…, y viceversa?

Europa ha sido y es nuestro referente histórico, cultural, estético; la Unión Europea repercute con su ejemplo en Hispanoamérica, más de lo que creemos o queremos creer. Tras su ejemplo buscamos uniones que, aunque no acaban de cuajar, lograrán, entre esperanzas y desesperanzas, consolidarse un día. Por historia, si de pertenecer se trata, con las adaptaciones, dolores y renuncias que ello supone, pertenecemos mucho más a Europa que a los Estados Unidos, por ejemplo, en cuanto esto de ‘pertenecer’ signifique que Europa llegó a nosotros con sus valores, que de ella y en ella nos nutrimos, entre la nostalgia y la esperanza, el rechazo doloroso y la justa búsqueda de nuestra independencia no lograda aún, a dos siglos de distancia, pues nuestra libertad política tarda en cuajar en democracia auténtica.

Todavía somos presa de demagógicos populismos; nos alimentan adulos y promesas; nuestra educación no ha dado, hasta ahora, ni dará en mucho tiempo, para más.
Europa sigue siendo nuestro modelo, y si hoy sufre de una aguda crisis que la abate y confunde –parte de su confusión se muestra, a mi ver, en la eclosión de antiguos separatismos que han comenzado por recibir este rotundo no escocés, consolador, musical y verde- me siento, emotiva e intelectualmente, del lado de la unión, de la superación europea de cuanto significa disgregación, ruptura, apartamiento.

Nosotros, respecto de Europa, tenemos algo aún más valioso, por su formidable capacidad de síntesis de lo más netamente humano: nuestra lengua española es europea, lo quieran o no los que creen saber; lengua de proveniencia romance, como el francés, el catalán, el italiano, el portugués, el rumano y otros idiomas minoritarios, el español atravesó mares, escaló montañas, superó abismos externos e internos, y vino a instalarse en estas tierras extrañas, extensas hasta la incertidumbre, hermosas y lejanas. Junto con el lento autoconocimiento que posibilitó, trajo inmensa pesadumbre, muerte y desolación, las que toda historia deja a su paso y que nunca acabarán del todo.

¿No es nuestra gran literatura hispanoamericana, universal, rica, poderosa? ¿No aprendimos desde Europa a valorar a Borges, a Cortázar, a Rulfo, a Vallejo, a Neruda, a Carrera Andrade, a Gangotena, a Gorostiza, a Paz?… ¿No aprendieron ellos, desde allá, de sí mismos? Nuestros escritores, pintores, escultores, artistas captaron en Europa su ser americano; se aceptaron y reconocieron mejor como un mundo aparte, distinto y distante, intransferible; uno, pero universal, a través del arte. París me enseñó a ver hacia Latinoamérica con mayor lucidez y orgullo del que nunca aprendí aquí mismo, en mis ciudades, entre mis montañas, mis selvas, y mi pacífico mar.