22 de April de 2010 00:00

Periodista y poeta

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Alfredo Negrete

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Fue irreverente, lo cual es una condición fundamental del oficio de un periodista; intérprete, cuando le dijo al mundo lo que significaba la muerte de Julio Jaramillo; valiente, porque fue un hombre en el cual el riesgo era parte de su agenda; ¿amigo o solidario?; resulta insignificante la distinción, en tiempos de persecución sistemática contra la prensa. Así partió Fernando Artieda .

En una confusa oportunidad para un periodista de carrera y prestigio, consultó sobre la posibilidad de unirse a un gobierno espléndido en su triunfo electoral ; algunos, le manifestamos que no era conveniente arriesgar tanto por tan poco; máxime, cuando esa aventura populista era evidente que tenía un final rápido y no feliz.

Su gestión de comunicación en esa coyuntura política no fue sobresaliente y más hosca que vinculante con sus colegas. A buena hora para él y para la prensa, la experiencia fue corta y no se registra en la memoria colectiva ningún hecho trascendente.

En el ámbito humano de su poesía, a pesar de las proporciones históricas, existe una coincidencia con Pablo Neruda que vale destacarla. Ambos mueren en un tiempo en que no debían y cuando sus palabras, actitudes, solidaridades y presencias eran indispensables. Por eso hay que pedir a los expertos en el análisis literario que indaguen si en alguna de las estrofas del Canto General del nobel chileno, hay alguna descripción tan patética y triste como la que relató Fernando cuando murió Julio Jaramillo y a la que concluyó en un gesto de nostalgia del Guayaquil antiguo con aquella frase: “ahora solo nos queda Barcelona'”

Fernando Artieda no se va en un momento propicio; aunque es inútil demandarlo, pues la muerte no tiene ninguna disciplina emocional. Su sepulcro se cierra cuando sus colegas son injuriados de corruptos, ineptos y falaces; ya existe agresión judicial como se evidencia, no en la demanda, sino en la sentencia contra Emilio Palacio y, cuando ya empieza a ser evidente la auto censura, que para la democracia, es más grave que la censura que imponen las dictaduras. Los medios privados están cercados por la ‘inteligenzia’ de ideólogos que hasta que terminen como Montesinos, López Rega y otros similares que los sátrapas entronizan cuando están en la cima, hoy protagonizan la más agresiva campaña contra la prensa independiente ecuatoriana que recuerde el continente.

Los días finales de Fernando Artieda le impidieron que termine en la cárcel, si algún editor enajenado y desubicado, se le hubiese ocurrido reeditar ese poemario rebelde que tituló ‘Safa cucaracha’. De haber sucedido esta situación hubiera incurrido en un desacato contra la autoridad y, probablemente, algún juez o tribunal ‘a la orden’, considerara que se ha perpetrado una injuria calumniosa contra un funcionario público de alto rango.

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