Monseñor Julio Parrilla

“Perdóneme, Padre,…”

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A raíz de un debate con jóvenes universitarios, uno de ellos me preguntó: “Padre, ¿la corrupción se perdona?”. La pregunta, por el alcance global de la corrupción (piénsese en Odebrecht ) resulta pertinente y merece ser respondida.

Yo creo que no, que la corrupción no se perdona, sino que se combate, por ser un pecado estructural, ligado a un sistema injusto, causa de inequidad y de sufrimiento para tantas personas y familias. Cierto que las personas corruptas, cuando cambian de mentalidad y de conducta, pueden ser perdonadas. Pero, “la satisfacción de obra”, que es uno de los requisitos de la reconciliación, exige siempre devolver lo robado.

La antigua catequesis, clara y lapidaria, decía sin contemplaciones: “O restitución o condenación”. Y, aunque la presente reflexión se mueve en el ámbito de la moral religiosa, bueno sería aplicarla o dejar que ilumine el valor del derecho y el actuar de la justicia.

La corrupción en sí misma ha de ser superada y destruida sin contemplaciones, allí donde ésta se dé: en la vida social, económica y política y, cómo no, en la propia Iglesia. Digo esto último frente a tantos cristianos pasivos que escuchan la Palabra de Dios, celebran los sacramentos y ponen cara de pato mareado en la Primera Comunión de sus hijos, olvidándose por un momento de la injusticia de sus ocios y de sus negocios.

Lo que digo vale para aquellos a quienes les resultó fácil caer en la tentación y para tantos otros que no cayeron en ella porque no tuvieron la oportunidad. ¿Consistirá la moral en que no te pillen? No es así. La corrupción es inmoral por cualquier lado que se la mire, te pillen o no. ¿O acaso no es corrupción, en un país como Zimbabue, asolado por la miseria, sin educación ni salud, que su brillante presidente, se gaste dos millones de dólares en la celebración de su cumpleaños? La corrupción no sólo habita en los palacios de los grandes, también puede estar agazapada en nuestro pequeño nido y salir a flote, cuando hay oportunidad, de manos de la consabida codicia.

Resulta especialmente problemático, a nivel global, que las relaciones de los países con las transnacionales tengan que pasar “necesariamente” por las consabidas comisiones y sobornos. Es evidente que lo que importa es el negocio puro y duro, es decir, el enriquecimiento personal y familiar, aunque ello suponga defraudar a la legión de empobrecidos que cobran al mes lo que el corrupto se gasta en un par de zapatos.

Me pregunto qué valor ha tenido la formación cristiana de muchos de nuestros dirigentes latinoamericanos, así como el testimonio liberador de los que regaron con su sangre la aridez de nuestra tierra. Ante tal decepción hay que pedir que no decaiga la fe y la confianza en que el hombre puede enmendarse. Pero hay que pedir algo más: que la corrupción no se consienta y que no haya impunidad. Porque la corrupción no se perdona.