Federico Chiriboga

Perdón, sin olvido

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6 de March de 2012 00:01

El ciudadano Rafael Correa, ha perdonado la pena al diario El Universo, a los coadyuvantes del delito y al articulista implicado. Este gesto no habría sido necesario si los jueces cumplían con el deber de estudiar el proceso y de sentenciar en derecho. Si los jueces se hubiesen limitado a sancionar al articulista, aun interpretando generosa y extensivamente el texto de la supuesta injuria, no se habría levantado la polvareda que la falta de independencia y sumisión de los jueces ha provocado. Una persona puede demandar cuanto le venga en gana, pero al juez corresponde corregir la pretensión y ajustarla a la realidad procesal. Recuérdese que se llegó al extremo de tomar como base de la indemnización el Presupuesto del Estado, lo que se vuelve exorbitante si consideramos que el acusante tenía la calidad de simple ciudadano. Si la condena hubiese sido proporcional al delito imputado y no se hubiere implicado al diario y sus directores, no se habría dado la reacción nacional e internacional que los excesos judiciales provocaron. De otra parte, todos somos víctimas de la lentitud en la administración de justicia y sabemos de los miles de juicios que esperan empolvados. Sin embargo, cuando del ciudadano Correa se trata, los jueces se activan: en horas prepararon sentencias del tamaño de un tratado y de la noche a la mañana la Corte Nacional se pronunció sobre el recurso de casación. En esta tragicomedia los que peor parados salen son los jueces y con ellos una administración de justicia que no merece respeto, perdón, ni olvido.

Hay mucho de cierto en eso del perdón sin olvido, porque la norma permite perdonar la pena, pero no extingue el delito. Se parece a lo que en Derecho Canónico se llama "perdón medicinal", que tiene por fin apartar al reo de su conducta y obligarla a dar prueba de arrepentimiento. Sobre los medios de comunicación pesa una espada de Damocles, porque la medicina puede aplicarse nuevamente si no han asimilado la lección. Y a propósito de perdones, queda algo en la memoria de lo que estudiamos en Historia del Derecho, en Salamanca, sobre el perdón real en Castilla. La sola voluntad del Rey, por "motu propio" o a pedido, podía perdonar delitos. Según las Partidas, el perdón es un atributo exclusivo de la Corona, en cuanto el Príncipe es supremo juez y legislador, que no reconoce a nadie superior. El fundamento del perdón es la magnánima y soberbia voluntad del Príncipe, de la que quedan claros rezagos, tan distante del humilde y sincero perdón del cristiano. Mejor habría sido que el perdón sin olvido del Monarca republicano se hubiere inspirado en el pensamiento de Borges: " Yo no hablo de venganza, ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón".